17.6.06

Roque Dalton, intelectual integral, palabra integral

Luis Alvarenga
Espai Marx


Una de las herencias más poderosas —y menos atendidas— que nos deja Roque Dalton, cuando faltan apenas treinta años para su centenario, es su talante de intelectual integral. La cuestión de la integralidad intelectual de Dalton se puede explorar a varios niveles.

En primer lugar, hay que definir qué es lo que se quiere decir con integralidad. Su opuesto es la fragmentariedad. El intelectual contemporáneo suele ser fragmentario, especialista en un área determinada del pensamiento. Aunque se hable mucho de interdisciplinariedad, de saber «holístico», la práctica intelectual es monologante. No hay un diálogo, una incursión en otras disciplinas. El artista contemporáneo no suele ambicionar más que lo que persigue un «especialista». Más allá de eso, suele haber también una pérdida de contacto entre la interpretación de la realidad que puede ser el pensamiento y la poesía, y esa realidad que constituye el sustrato del artista y el intelectual.


Dalton es, pues, no solamente el artista que cultivó la poesía, el periodismo, la narrativa, el ensayo y el teatro. Fue también el intelectual que estuvo abierto a los problemas sociales y políticos de su tiempo. En este tiempo de especialistas y monologantes, la política se deja en las manos poco confiables de los políticos profesionales. La sociedad deja, pues, de ser un problema del que ocuparse, pues su destino se toca en el ámbito de esos profesionales. Para Dalton no es así. Su trabajo intelectual está sustentado por un proyecto político de país. De ahí que este poeta aparezca actuando en política, en vez de dejar esto en manos de los supuestos profesionales. Con esto, recupera el sentido originario de política: la preocupación del ciudadano por el destino de su polis; por tanto, la política es algo constitutivo del ser humano. Este es un primer nivel del análisis.

Julio Cortázar decía que no necesitamos tanto de los literatos de la revolución, sino de los revolucionarios de la literatura, de los Che Guevara del lenguaje. Roque Dalton es de estos últimos. Pero no por el tono aguerrido de sus Poemas clandestinos, ni por los denuestos contra Masferrer o Gavidia. Eso es desviar la cuestión. Lo es porque revoluciona el fundamento del lenguaje: la palabra. Dalton cuestiona radicalmente el concepto existente de la palabra. Si Heidegger denunciaba el olvido del ser, Dalton denuncia activamente el olvido de la palabra, o, más bien, de sus implicaciones más fuertes.

En estos días en que se conmemora el poeta, se suelen repetir estos versos, que impactan por su tono desafiante:

Poesía

Perdóname por haberte ayudado a comprender

que no estás hecha sólo de palabras.

Estas palabras tienen implicaciones más profundas de las que sospechamos. Su «mensaje» nos parece tan «obvio», tan «evidente», que nos hurta fácilmente una lectura a otro nivel. La palabra poética es la palabra que está hecha de algo más que de «palabras», valga decir, de enunciados poéticos sobre la realidad. La palabra poética tiene algo más que la mera evocación lírica, o la exaltación épica. ¿De qué se trata ese algo más?.

Tendríamos que remitirnos a un poema anterior. Es uno de los Seis poemas en prosa, que compone el volumen Taberna y otros lugares. Se titula «Con palabras» y fue dedicado a su amigo, el poeta chileno Enrique Lihn. Detengámonos en este texto, cuyo valor fue justipreciado en su tiempo por Ítalo López Vallecillos.

Resulta llamativa esta afirmación, con la que comienza el texto: «El conocimiento completo del mundo de las palabras es imposible». En primer lugar, como ejemplifica Dalton, se debe a las posibles connotaciones que tiene la palabra misma. Por ejemplo, nos dice el autor, «La palabra “azul”, por ejemplo, bien puede ser roja o carmelita, en dependencia de estados de ánimo, condiciones climatológicas, plasticidad de la onda sonora o necesidades políticas». Pero las connotaciones, los contextos que pueden facilitar que «una serie de palabras que no se pudo completar y que tipográficamente se resuelve en puntos suspensivos» se constituya en «el único argumento serio que se pueda aportar para probar la existencia de Dios» es tan sólo una parte del problema.

La palabra es lo que causa conmociones, lo que da vida a una obra poética, pero también a su hacedor. De ahí que Roque sentencie: «Hombre despalabrado no es sinónimo de mudo, sino de zombie». El ser humano es el único que se hace a sí mismo con palabras. Es también el único que puede clausurar sus posibilidades con las mismas palabras. Aquí hay un concepto muy propio de cierta hermenéutica: el mundo se construye con palabras y fuera de la palabra no puede haber ser humano.

En este escrito, encontramos una recurrencia en la obra de Roque: su afán polémico, sus geniales diatribas contra sus maestros. Esta vez, el blanco es Pablo Neruda, al que pone como ejemplo de poeta-zombie, de poeta que usa palabras caducas. No nos interesa por el momento terciar en esta disputa sobre Neruda, que tiene que ver con su aceptación del Nobel de Literatura, sino de tomar el toro por los cuernos. En este caso, el toro es la palabra. Y Dalton afirma que hay palabras muertas y hay palabras vivas, que hay palabras que están listas para el camposanto y otras que son la vitalidad misma. Tras esto, encontramos una recuperación de la palabra como visión de mundo. Las palabras no son inocentes: delatan la manera en que alguien interpreta el mundo, desde dónde y en contra de qué lo está interpretando. De ahí que desde una cosmovisión «muerta» sólo puedan aflorar palabras igualmente muertas.

Es en esta parte donde se expresa una idea importante. Nos dice Roque: «Uno de los crímenes más abominables de la civilización occidental y la cultura cristiana ha consistido precisamente en convencer a las grandes masas populares de que las palabras sólo son elementos significantes». Las palabras tienen algo más: una fuerza vital. La vida se expresa por ellas. La vida vibra en ellas: desde ellas. Solamente así puede entenderse esta interrogación que se formula Dalton: «¿Por qué suena mal una palabra libre de significados tabú si no es por algo intrínseco a ella misma, a su corporeidad, a su ser, que es independientemente de su función más común, la cual, por otra parte, no tiene necesariamente que ser la única, ni siquiera la principal?».

Al ser la vida la que late en las palabras, estas deben verse con otros ojos. Hablar de «palabra de honor» cuando se traiciona a la palabra es un error: «No sabemos nada y somos orgullosos hasta morir —escribe Roque—. Deberíamos recordar lo que le pasó a Stalin por hacer de las palabras excepciones del materialismo dialéctico». El autor concluye que es necesario que discutamos con las palabras sobre la libertad y que las organicemos para el porvenir. Luego nos dirá que los dos únicos personajes que verdaderamente entendieron este problema fueron Jesucristo y Lenin. ¿Qué significa esto? Que las palabras son la vida. Tienen el poder de cambiar la vida, de hacerla ver de otra manera y de decidir el destino de la persona.

¿Por qué es tan significativo esto? Porque, en la poesía, la palabra es la materia prima. Pero la palabra «no está hecha sólo de palabras»: no se queda encerrada en un terreno donde no roza la vida. Por lo tanto, tenemos aquí una concepción integral de la palabra. La palabra tiene más que un simple carácter de significación. En el caso de la palabra poética, el poeta es el «tipo que hace diccionarios incompletos, que hurta los significados de sus palabras, un ladrón», como lo dice Roberto en Pobrecito poeta que era yo.... Es decir, arrebata los significados profundos a la palabra, para que siga siendo palabra viva y no palabra de zombie. Pero también la palabra opera este arrebato en el poeta: lo hurta de «los desplantes respiratorios del muerto-vivo a quien la sal envenenaría» para colocarlo en el terreno incierto de la vida. Es eso lo que define al poeta verdadero: el poeta al que las palabras hacen.

En Dalton, esta relación con las palabras es problemática, al grado de implicar en él lo que llama un desgarramiento, es decir, un conflicto entre lo que se vive y lo que se escribe, pero también un conflicto entre un pensamiento caduco y otro vivo, como lo plantea en el conversatorio El intelectual y la sociedad. Su vida y su muerte son prueba de que el conflicto entre la palabra y la vida jamás puede resolverse en una síntesis perfecta. Pero lo que hizo a Roque Dalton un intelectual importante fue precisamente la vivencia genuina de este conflicto.

La tensión, o el desgarramiento entre la palabra y la vida, es lo que lo hizo crecer como intelectual. Por ello, su obra está animada por una voluntad de transformar, a través de la palabra, a su país. La palabra deja de ser una simple explicación de la historia y busca rehacer la historia. Aquí es donde comienza el camino de Roque Dalton.

Luis Alvarenga, poeta y escritor, es colaborador de la revista Raíces.


http://www.moviments.net/espaimarx/index.php?lang=cat&query=42e77b63637ab381e8be5f8318cc28a2&view=section

16.6.06

Busco juego de policía que vuela. Para tirar una cana al aire.

Ken Loach: “Sabemos lo que EE.UU. piensa de la democracia. Lo comprobamos en Sudamérica”

El director inglés señala que las críticas del conservadurismo inglés a The Wind that Shakes the Barley, ganadora en Cannes, eran inevitables: “Esperábamos este histerismo”, dice. Al borde de los 70, Loach ya está pensando en These Times, su próxima obra.
Por Lourdes Gomez
Pocas veces se había visto sonreír a Ken Loach con la satisfacción que demostró en Cannes al recoger la Palma de Oro por su película The Wind that Shakes the Barley. En contra de las expectativas, el veterano realizador inglés, que mañana cumplirá 70 años, se alzó con el máximo galardón del prestigioso festival cinematográfico por su incursión en el alzamiento popular por la independencia de Irlanda en los años veinte del siglo pasado. Siguiendo el guión de Paul Laverty, Loach centra la trama en dos hermanos irlandeses, interpretados por Cillian Murphy y Padraic Delaney, que se unen a la guerrilla ante los abusos de las tropas británicas y terminan luchando en sendos bandos de la guerra civil desatada por el acuerdo anglo-irlandés de 1921, que dio origen a la todavía vigente partición de la isla de la Esmeralda. La película cayó muy mal en los círculos ultraconservadores británicos, que acusan al cineasta de “hundir en el barro” la reputación del viejo imperio inglés.Loach se hace cargo con orgullo de las acusaciones de sus compatriotas, mientras ya prepara These Times, su próximo largometraje, en una pequeña oficina del Soho londinense. Carteles de Tierra y libertad, su trabajo sobre la Guerra Civil Española, decoran las paredes, y en la repisa central, junto a las Espigas de Oro cosechadas en Valladolid por sus películas Dulces dieciséis y Mi nombre es todo lo que tengo, descansa la Palma dorada de Cannes. Es la primera en sus 44 años dedicados al cine de denuncia social y política.–¿Cómo valora la Palma de Oro?–Significa mucho para nosotros. Es el premio más relevante en la cinematografía mundial, ya que Cannes es el más importante festival de la industria. Venecia y Berlín son buenos certámenes. Valladolid también lo es y ocupa un lugar muy especial en nuestro corazón, porque han sido muy generosos con nosotros. Pero Cannes es realmente la plaza donde se concentra la industria y donde se muestran películas de todo el mundo, no sólo de un país, como sucede en los Oscar. No imagino un premio más prestigioso que la Palma de Oro y, desde luego, no lo cambiaría por un Oscar.–¿Tenía expectativas de ganarles a películas que aparecían como favoritas, como Volver, de Almodóvar?–Esas cuestiones no tienen importancia. Uno ni piensa en ello. Nos quedamos muy contentos con la reacción del público durante las proyecciones en Cannes. Volvimos a casa y comenzamos a trabajar en la siguiente película. Ese domingo, cuando nos llamaron para que regresáramos, estaba cortando el césped en mi casa. Para entonces, mi mente ya estaba ocupada en el próximo film.–¿Cree que, después de tantos años compitiendo en Cannes, el premio celebra también su trayectoria global?–No creo que sea así, pues algunos miembros del jurado probablemente no conocen todas las películas que he realizado. La suerte juega un papel importante en todos los festivales, en tanto que siempre puede haber gente en el jurado incapaz de responder a tu trabajo.–¿Qué pudo determinar la decisión unánime del jurado?–Los actores son estupendos y todos ellos tienen la capacidad de conectar con la audiencia. Y, por supuesto, el guión de Paul es un excelente trabajo narrativo. Fui muy afortunado de combinar ambos elementos en la película.–Usted es muy modesto.–Es cierto lo que digo. El guión es fantástico. En ocasiones uno trabaja igualmente duro, pero el resultado final no cuadra. Esta vez tuvimos suerte. Mientras lo preparábamos me vino frecuentemente a la memoria Tierra y libertad. Ambas películas comparten un sentimiento de camaradería. Cuentan una historia de camaradería y solidaridad.–¿Cómo reaccionó ante las acusaciones de “antipatriota” hechas desde algunos sectores de la prensa británica?–Me encantó. Parten de la derecha lunática, la ultraderecha. Si no hubieran protestado contra la película, implicaría que habíamos fracasado. Anticipábamos su reacción viperina. En sus artículos en la prensa se equivocan en todo; incluso, en los pequeños hechos reales. Se escandalizan y pierden los estribos en cuanto uno sugiere que el imperio británico fue brutal, opresivo y determinado a explotar al pueblo que había conquistado. Esperábamos este histerismo. Lo único que consiguen es hacer el ridículo.–La escritora irlandesa Ruth Dudley Edwards denuncia el desequilibrio en el retrato de los británicos como sádicos y de los irlandeses como idealistas románticos.–Evidentemente no vio la película. En el film vemos a voluntarios teniendo que ejecutar a camaradas que han pasado información a los británicos. Una acción trágica y dura. También los vemos disparar contra soldados en un bar. Son hechos que sucedieron realmente. No minimizamos la violencia de la resistencia, pero tampoco se puede equiparar la violencia del opresor con la violencia del oprimido.–¿Por qué no?–Porque un pueblo tiene el derecho a resistir contra la gente que ocupa su país. De la misma forma que los maquis en Francia estaban en su derecho de oponerse a los alemanes, los partisanos en Yugoslavia, en Grecia... Luchar contra el que te oprime e invade tu país es una guerra legítima. Los voluntarios irlandeses no iniciaron la guerra. Los irlandeses habían votado pacífica y democráticamente a favor de la independencia. Una gran mayoría, en torno al 75 por ciento, votó por una Irlanda unida e independiente. En respuesta, los británicos enviaron sus tropas y se desató la violencia contra los irlandeses. Estos, a su vez, respondieron con violencia. Pero no es lo mismo la violencia de unos y la de los otros. Ochenta años más tarde, los irlandeses todavía viven las consecuencias del tratado resultante, que no ha funcionado.–¿Puede la película afectar la negociación actual para reconducir el proceso político en Irlanda del Norte?–Tan sólo en una forma muy indirecta. Hay un viejo slogan que dice “No hay paz sin justicia”. Pues bien, una buena paz será difícil de alcanzar si no nos enfrentamos honestamente con el pasado.–¿Prefiere recordar antes que olvidar conflictos que pueden reabrir cicatrices?–Hay que aclarar las cosas antes. No se puede olvidar a partir de una mentira. Y, desde luego, el problema en Irlanda parte del hecho de que nosotros, los británicos, nunca hemos reconocido nuestro papel en los problemas actuales del Norte de Irlanda. Los británicos impusieron la partición de la isla, pero el gobierno británico se escuda ahora en que los irlandeses están luchando de nuevo entre ellos. Fue Gran Bretaña quien creó el problema y quien debe reconocerlo para lograr la paz.–¿Sirve el film de espejo de la coyuntura internacional en otros escenarios, como, por ejemplo, Irak?–Lo que pasó en Irlanda es una situación clásica, que se aplica en cualquier territorio con un ejército de ocupación. Las tropas invasoras producen violencia y también acusan violencia. Se crea una situación imposible de controlar. Estos días está surgiendo información de otra masacre de los estadounidenses en Irak. No es una sorpresa. Volverá a suceder. Siempre que hay un ejército de ocupación, la gente quiere echarlo de su país y las tropas invasoras reaccionan contra el pueblo con racismo y con desprecio, fomentando aún más el odio. Se crea un círculo vicioso que nunca funciona bien.–¿Aun cuando ese ejército extranjero alegue que lucha por la democracia?–Sabemos lo que Estados Unidos piensa de la democracia. Lo comprobamos en Sudamérica. Los chilenos eligieron a Allende y los americanos se deshicieron de él. Nicaragua votó por los sandinistas y los americanos arremetieron contra ellos. Estados Unidos desdeña la democracia. Quiere el petróleo iraquí, los mercados de la región, sus recursos naturales, mano de obra barata y las empresas que antes pertenecían al Estado iraquí. Sigue una agenda económica y política en beneficio de las grandes corporaciones estadounidenses. Sólo aceptará un gobierno en Irak que responda a sus intereses. Si el nuevo gobierno aprobara renacionalizar la industria petrolera, no creo que durase mucho tiempo en el poder.–¿Ve señales de optimismo en el cine actual?–Sí, la tendencia es buena. En los últimos años la gente se está politizando con la guerra de Irak, las grandes manifestaciones, y, por supuesto, en España, con la tragedia de las bombas en Madrid. La gente se politiza y el cine lo refleja. Lo vemos en documentales de Estados Unidos, en las películas de George Clooney, en los films proyectados en Cannes. El cine vuelve a ser relevante e importante. Una vez más se ha despertado en la audiencia el apetito por trabajos que reflejan el mundo tal y como es.–¿Y en Reino Unido?–Todavía miramos excesivamente hacia Estados Unidos y mucho menos hacia Europa. Las pantallas siguen dominadas por las grandes producciones estadounidenses. Los estudios mantienen nuestros cines en sus garras.