7.11.06

Creación revolucionaria y cerveza helada

Belén Gopegui
Rebelión


Dijo en una ocasión Oscar Wilde y se ha citado con frecuencia: “Todo arte es bastante inútil”. Hace sólo unos días Paul Auster lo recordaba aquí en Oviedo, al recibir el premio Príncipe de Asturias, si bien Auster privaba a la frase del “bastante” y decía sólo “el arte es inútil”. Después de leer su discurso pensé: suena bonito lo de la inutilidad, pero que hay que podérsela permitir. O, si no, hay que pensar que la realidad, la que tenemos, no da escalofríos; hay que echar un vistazo a lo que nos rodea y decidir que es más o menos lo normal: esta mezcla de cines, barrios masacrados, ascensores, opresión, cerveza helada, terror en el trabajo, paseos, agotamiento de los recursos, bueno, todo eso sería más o menos lo normal.
Una vez decidido, es sencillo afirmar, cito, que “el valor del arte reside en su misma inutilidad” y a continuación preguntarse, como hizo Auster, como han hecho miles de artistas: “Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad?”. Digo esto sin apenas ironía. A mí también me gusta hablar del encanto de lo inútil. Aunque pienso que si un hombre se está ahogando y ve pasar cerca a varios músicos de los cuales ninguno se tira al agua ni le arroja una cuerda o un trozo de madera sino que entre todos se ponen a tocar para él un cuarteto maravillosamente inútil, pienso que a ese hombre no le cabría ninguna duda acerca de qué es lo que tiene de malo la inutilidad.
La cuestión es que el mundo no se está ahogando todo el rato. En cierto modo sí, en cierto modo sabemos que ahora mismo la cantidad de sufrimiento evitable que hay en el mundo es muy superior a la cantidad de cualquier otra cosa, hay más sufrimiento evitable que petróleo, más que cerveza helada y más, seguramente, que agua de mar. Sin embargo, ocurre que la vida de las personas, la nuestra, es limitada y sucesiva y necesita pausas. Nadie puede dejar de dormir, y tampoco nadie puede estar continuamente achicando el sufrimiento evitable. Así que paseamos, bebemos cerveza helada y, un buen día, leemos una novela o escuchamos una canción de amor, sólo de amor, y necesitamos esa canción.
Entonces, ¿qué podemos hacer quienes pensamos que la realidad da escalofríos y que es preciso revolucionarla, y pensamos que la inutilidad es un lujo? A primera vista parece que estaríamos condenados, y condenadas, a que nos conviertan en aguafiestas: mira, con lo bonito que había sido ese discurso ahora vienen a recordarme que ni siquiera puedo cantar una inútil canción de amor. Pero eso es una trampa. Porque sabemos que la vida es sucesiva, y cada noche se duerme. Y sabemos que debe haber un espacio para lo inútil, si bien preferimos ajustarnos a la precisión de Wilde: lo bastante pero no del todo inútil, pues algunas canciones de amor acompañan y hacen la vida más llevadera. Sabemos que debe haber un espacio para lo que no es siempre y por completo revolucionario. Simplemente, pensamos también que ese espacio no debe ser inmenso. No mientras la realidad siga dándonos escalofríos. Y como no debe ser inmenso pensamos, por ejemplo, que entre las más de doscientas páginas de una novela puede, y a veces es muy conveniente que haya sitio para otras cosas además de la inutilidad. Así como también pensamos que, a menudo, la inutilidad ha sido un mero pretexto para que el artista diga a los dueños del orden imperante lo que estos quieren oír y lo que a estos les interesa que oigan los demás, pero esa es otra historia.
Hoy no quiero hablar de la batalla artística sino sólo del campo donde tiene lugar. Como es sabido, en los enfrentamientos suele obtener la victoria aquel que elige el campo de batalla. Y aunque la mayoría de las veces suele poder elegirlo el ejército más poderoso, en otras ocasiones las guerrillas, o los ejércitos más débiles, han logrado esquivar la atracción del campo de batalla que proponía el enemigo y llevarle al suyo. En la pequeña batalla de la creación artística podría hacerse lo mismo, como decía, con el concepto de arte inútil: durante mucho tiempo ha parecido que nuestras únicas opciones eran: o bien reivindicar un arte constantemente útil o bien aceptar su plena inutilidad y renunciar, por tanto, a la capacidad del arte para sembrar conciencias. Propongo en cambio que dejemos de luchar en su terreno y vayamos a un espacio en donde todo, o casi todo, sea posible. Que no nos hagan renunciar a la mitad del cuadrado por ellos elegida; seremos nosotros y nosotras quienes digamos si es la mitad o un cuarto o quizá todo el cuadrado lo que nos importa.
Hace unos días en un artículo de prensa se criticaba a un libro porque incurría en los tópicos de la corrección política, por ejemplo, cito “los fascistas son muy malos y los pobres sufren mucho”. Comprendo el canon estético de donde procede la crítica, en cierto modo lo comparto, creo que los tópicos suelen dar lugar a una imaginación reblandecida y creo que las simplificaciones y el maniqueísmo en poco o nada ayudan a comprender el mundo. Sin embargo, observo la evolución de la literatura y veo que el miedo a contrariar ese canon estético está dando lugar a productos patéticos. ¿Ha de hablarse acaso, para no incurrir en el tópico, de que el fascismo no es tan malo? ¿Ha de idealizarse la pobreza diciendo que hace a quien la padece sabio, alegre, simpático, y le otorga mayor potencia sexual? Porque lo cierto es que esto ocurre con frecuencia. Soldados de Salamina lo ilustra bien, pero hay multitud de ejemplos. Y cuando esto ocurre tiene, como sabemos, menor castigo que lo anterior en la estética y por tanto la ideología dominantes. De tal manera que autores de izquierdas, o revolucionarios, o simplemente críticos, terminan contradiciendo lo que sus ojos ven por miedo a incurrir en el tópico. Por un miedo legítimo a no incurrir en la ramplonería y en lo pueril y por un miedo, no tan legítimo, a contrariar a los dueños del orden, terminan disculpando el fascismo o mitificando el sexo y la alegría del pobre tal como hacían, y tal vez hacen aún, amplios sectores de la Iglesia Católica. O bien directamente se escapan, abandonan la posibilidad de tratar ciertos temas en la literatura y se enclaustran en lo exótico, lo visceral, lo exclusivamente familiar, cualquier cosa que esté lejos de la dialéctica política. Pero es posible, y si no tendremos que luchar para que lo sea, ser justo sin ser maniqueo, ser complejo sin ser cobarde, ser apasionado sin ser pueril.
Dijo también Paul Auster: “La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad”. La novela revolucionaria, en cambio, no puede permitirse hablar únicamente a la intimidad del individuo aislado, y habla también al individuo en tanto miembro de una colectividad siquiera potencialmente revolucionaria. Pero es que tampoco la novela instalada o convencional se dirige sólo al individuo aislado. Cada lector íntimo y aislado lee la misma novela que muchos otros lectores, hecho que trae consigo el sentido de pertenencia a la comunidad lectora de esa novela y otorga al arte cierta capacidad de cohesión. De manera que una vez más, y para terminar, se trata de no aceptar la dicotomía. La creación revolucionaria, igual que, lo quiera o no, la creación instalada y convencional, se dirige al individuo como individuo y al mismo tiempo se dirige al individuo como miembro de una comunidad. Lo que ocurre es que, en el primer caso, se trata de una comunidad conforme con su propio destino, mientras que en el segundo se trata de dos cosas al mismo tiempo: una comunidad conforme con los paseos o la cerveza helada, pero inconforme, y a veces en conflicto, con la opresión y el miedo. Muchas gracias.
* Intervención de Belén Gopegui en el II Seminario Internacional por el Progreso del Mundo: La Humanidad frente al Imperialismo. Red en Defensa de la Humanidad. Del 25 al 28 de octubre de 2006 en Oviedo.

6.11.06

La masacre de los Pilagá

Sebastian Hacher

Mas de 500 indígenas murieron en octubre de 1947

Era una noticia vieja. En Octubre de 1947, cientos de aborígenes Pilagá que marchaban con grandes retratos de Perón y Evita fueron atacados con ametralladoras por la gendarmería. Hubo más 500 muertos y 200 desaparecidos, pero los hechos salieron a la luz recién en el 2005, a partir de una demanda de la Federación Pilagá contra el estado nacional. Esa historia escueta, contada en lenguaje legal, me obsesionó. Intenté ir a Formosa en Enero, pero desistí: me advirtieron a tiempo que el calor del verano reduce la actividad de los formoseños al mínimo y convierte al visitante en materia prima de chicharrón. Recién en Septiembre, tuve la oportunidad de ir a conocer a los sobrevivientes de la masacre. Tomé un micro hasta Corrientes, paré para dormir un rato, después tomé otro, y otro más, y luego de 24 horas, el sábado por la mañana llegué hasta Las Lomitas, provincia de Formosa, el centro urbano más cercano a las comunidades Pilagá.Y aquí estoy. Las Lomitas es un pueblo de 10.000 habitantes, sin cines ni lugares para comprar libros. Durante la semana, además de dos cibercafés que abren hasta la madrugada, la única diversión urbana es un pequeño casino electrónico donde siempre hay bicicletas jornaleras estacionadas. El lugar parece maldito. “Ahí”, me advierte la dueña del único bar que encuentro, “entrás con todo el sueldo y salís sin una moneda”. Yo, por las dudas, trato de ni pasar por la puerta. Porque si en otros pueblos suelo entregarme a los video juegos, aquí la necesidad de quemar neuronas ociosas puede resultar mucho más cara que ser humillado en el counter strike por un niño de doce años. El problema, la tentación, es que en mi primer día allí tengo poco y nada que hacer. Llegué casi de improviso, y todos mis contactos están de viaje, enfermos o con otras ocupaciones más importantes que recibir a un porteño.

La Bomba
El domingo por la tarde, por fin, llego hasta una comunidad Pilagá. Me lleva Cesar, un criollo que trabaja en el proyecto de asesoría jurídica para indígena. Desde hace dos días Cesar tiene gripe, pero ante mi insistencia se levanta de la cama y vamos hasta Ayo La Bomba, a tres kilómetros del pueblo y a dos de donde comenzó la masacre. Al volver a la zona, varios de los sobrevivientes se instalaron en esos campos, y hoy Ayo la Bomba es una comunidad con más de 200 habitantes, un templo, un centro comunitario y una escuela que quiere ser bilingüe.Allí también hay un traductor: Juan Luis Arce. Como es domingo, el lugar para encontrarlo es el templo. Casi todos los Pilagá son evangelistas, y la iglesia es el edificio más grande de la comunidad, un salón de ladrillo sin revocar y por ahora sin techo. Cerca del mediodía todavía hay poca gente. Un niño va a buscar a Juan Luis, y mientras tanto yo converso con su padre, el pastor Antonio Arce. Hoy Antonio viste una camisa Yves Saint Laurent, pero mañana lo voy a encontrar volviendo del monte con medio carpincho al hombro, bañado en tierra y sudor. Al igual que muchos de los Pilagá de su edad, Antonio se crió entre la marisca -así llaman aquí a la caza y recolección- y el trabajo en los ingenios azucareros de Salta, a cientos de kilómetros de su lugar de origen.Juan Luis no tarda en llegar. Tiene 22 años y me mira con desconfianza. Más tarde sabré que está acostumbrado a tratar con criollos, y que por eso acumuló motivos para mantener distancia. Antes fue agente de salud de su comunidad, luego se fue a trabajar en una panchería del Gran Buenos Aires, y volvió a sus pagos para formar parte de la asesoría jurídica indígena. Ahora, cuando hay un juicio donde intervienen indígenas, Juan Luis está ahí para traducir y ayudar a sus paisanos.A primera vista, me recuerda a los jóvenes Mapuche que conocí en el sur. Son nuevos referentes comunitarios que, además de sentir orgullo de su sangre, ponen distancia del hombre blanco y sus valores. Por eso no me sorprendo cuando me pide el teléfono celular, y chequea que yo sea quién digo ser. En el monte, por suerte, también hay señal.

La huída de Melitón
La primera entrevista es con Melitón Domínguez, un testigo que al momento de la masacre tenía poco más de 10 años. Ahora, con más de 70, descansa en una silla mecedora a la sombra de un árbol. A su alrededor varios niños comen un guiso, pero lo interrumpen y se esconden ni bien nos ven llegar. Melitón se para, nos saluda, acomoda unas banquetas para que no sentemaos y vuelve a su mecedora. Juan Luis le habla en su lengua: supongo que le explica para qué estamos ahí. Melitón, en cambio, responde en castellano. Dice que llegamos en mal momento: justito que estaba por empezar a comer. Si se pasa la hora del almuerzo, se queja, se olvida del hambre, y si no tiene hambre a veces se queda un día entero sin probar bocado. Le pregunto si prefiere que volvamos más tarde. No quiero, le digo, ser recordado como el porteño que no lo dejó alimentarse. Se ríe y dice que no, que ya está. Respira profundo y, sin otro preámbulo, empieza contar su historia. No hace falta que hagamos preguntas: Melitón bucea en su memoria y entrecierra los ojos para encontrar palabras:
"Yo trabajaba en la gendarmería. Un finado que era porteño, un sargento ayudante que nos quería mucho, nos dice chiquitos, avísenle a su mamá porque mañana como a las 7 de la tarde le van a atacar. Nosotros vinimos, le contamos a nuestra madre y le dijimos que teníamos que ir ahí. No hijo, decía ella, le van a matar si van ahí. Y nosotros nos quedamos, porque teníamos que respetar a nuestra madre. Esa tarde, como a las siete y algo, ahí sobre el puente que están haciendo ahora, en esos algarrobos pusieron las ametralladoras y empezaron a los tiros. La gente escapaba para los montes. Un cuñado nuestro nos dijo “agáchense y pongan la cabeza en un árbol grande”. Tenemos que respetar, y ahí nos agachamos y pusimos la cabeza en un palo, que palo será, no se, pero ahí pasamos la noche. Después escapamos hasta la entrada de Campo de Cielo. En un lugar donde llegamos cayó un pájaro y un viejo que entendía, dijo que el pájaro era como un teléfono, que le traía mensajes. Magayi se llamaba el viejito, era un rengo. El viejito nos dijo ‘prepárense, que ya nos encontró la huella la gendarmería”. Ahora ya no hay más gente que sepa hacer esas cosas. Nos escondimos al costado del camino y pasaron los camiones de gendarmería. Los gendarmes cantaban el nombre del Cacique General Pablito, porque lo querían encontrar para matarlo…"

Dios y fotografía
Cada Pilagá que entrevisto habla de los Ingenios. Lo hacen con desgano, como quien conversa de cosas demasiado asumidas. Melitón, por ejemplo, nos muestra su violín de lata y crin de caballo, en el que ejecuta melodías con las que supo entretener a sus compañeros durante la zafra. Fueron tantas, me dice, que ya perdió la cuenta de los años que pasó cortando caña y ganando terreno de monte para el patrón.La industria azucarera de la zona se nutrió de la mano de obra indígena, lo mismo que la minería en Bolivia y en Perú. Viajar cientos de kilómetros en tren, caminar largas jornadas y trabajar en las peores condiciones es parte de la rutina Pilagá del último siglo. “Nos llevaban”, me explica Melitón, “porque decían que no somos flojos como otras razas”. También me cuenta que fue a trabajar desde los 15 años, y que al principio lo hacía a cambio de “ropa, comida y poquita plata, porque qué iba a saber uno cuánto le tenían que pagar”, y que dejó de hacerlo por viejo, pero sobre todo porque en los 90’ los ingenios se achicaron y compraron máquinas.El que no dice nada es Pedro Palavecino. Ese Pilagá alto y flaco, de mandíbula ancha, me clava sus ojos claros y se queda en silencio. Ni su edad quiere decirme. Pasan unos segundos, esboza una sonrisa irónica y me explica que ya no confía ni en su sombra, y que para entrevistarlo a él tengo que ir con los abogados de la causa. Y no los que son del pueblo, aclara, sino los que están en Chaco. Le digo que bueno, que para otra vez será. “Yo estoy quemado”, me responde, “ya no tengo filo, mi amor”. Me río de su ocurrencia, pero tengo el mismo temor que al llegar a Las Lomitas: no poder saltar por sobre mi propia cultura para entender su historia.Después del fracaso, volvemos hasta el templo y Juan Luis se declara con dolor de estómago. Le propongo que descansemos un poco, pero al rato le digo que mejor no, que si quiere sigamos mañana. El se va, y yo me siento a esperar que comience el culto. Hay poca gente, así que aprovecho para jugar con mi cámara y los niños. Es algo que nunca falla: me acerco a un grupo, les saco una foto y se las muestro. Los pibes se alborotan. La operación se vuelve a repetir varias veces. Mientras hago fotos, intentan enseñarme su idioma: ellos dominan el Pilagá y el castellano con naturalidad. A mi me parece imposible. Cada tanto, trato que alguna imagen salga buena, pero me doy cuenta de que todas son la típica foto del norte que se muestra en Buenos Aires: el chico de cara redonda y flequillo, con el rostro embarrado y sonrisa tierna. Desespero un poco. No quiero colaborar con ese estereotipo falso, lastimero. Los porteños algún día tendrán que entender que cuando uno juega en la tierra, se embarra, y que eso no significa más que lo que significa: que se jugó en la tierra. Ajeno a la polémica, uno de los chicos posa haciendo un gesto extraño con la mano. ¿Y eso?. Soy el hombre araña, me dice. Entonces todos se acomodan para la foto con esa pose.De fondo a nuestro juego, la música anuncia el principio del culto. El templo sin techo está adornado con globos de varios colores. Más tarde habrá un cumpleaños de quince. Por ahora, medio centenar de personas entonan canciones religiosas bajo los rayos del sol. Se canta cumbia y polca paraguaya, al compás de órganos electrónicos y un bombo criollo. Saco algunas fotos. La tarde siguiente, cuando se las muestre a Juan Luis, sabré que ese abuelo de corbata amarilla y la señora del fondo son sobrevivientes de la masacre. Pero ese día no me entero de más nada: al tercer tema me vuelvo al hotel.

Cambio de planetas
Lunes por la mañana. Me encuentro con Bartolo Fernandez en Las Lomitas. Bartolo es representante de la Federación Pilagá y está por viajar a un encuentro de comunicadores en Formosa. Tenemos una breve charla, pero enseguida llega más gente: Santiago y Benjamín, que vienen de lejos y van a la misma reunión que Bartolo. Uno de ellos ceba tereré -mate con agua fría- pero a mí no me convida. En algún momento, el ambiente se pone espeso y todos hacen silencio. Trato de pensar que es un silencio natural, que nadie está incómodo, pero el sonido nunca llega. Pienso cómo podría escribir esa situación: decir, por ejemplo, que pasó un ángel, cebó una ronda para todos, y a mí me dejó afuera. Por suerte, suena mi teléfono: me salva la campana. Es Juan Luis, y dice que podemos seguir con el recorrido por su comunidad. Le cuento la novedad a Bartolo y también se ofrece a llevarnos a la suya por la tarde. De repente, parece que todo va a salir bien.Una hora después, nos encontramos con Juan Luis y caminamos un kilómetro por una calle de tierra hasta llegar al riacho que todos llaman Madrejón. Aquí, me dice, empezó la masacre. Todavía no había ni monte ni camino. Tampoco estaban el puente de quebracho por el que cruzamos, ni los carteles de propiedad privada que hace unos meses plantaron los gendarmes. Era todo pampa, y apenas si existían los algarrobos, esos árboles centenarios que algunos ancianos Pilagá llaman sobrevivientes y principales testigos de su historia.En los alrededores, apenas hay dos o tres casas con paredes de barro y techos de chapa. Uno de esos ranchos es el de Juan Córdoba, que volvió a esas tierras hace menos de un año. Su vuelta no es un hecho más: ese hombre corpulento, de rostro curtido pero tierno, es el hijo de Luciano, uno de los personajes claves para entender esta historia.

El dios Luciano
Luciano fue el líder de un movimiento religioso que entusiasmó a los pueblos originarios de la zona y alimentó los resquemores de los blancos. “Cuando no existía la ciudad grande en Lomitas”, narra Juan Córdoba, “había seis casas nada más, y estaban los gendarmes. Todos estaban en contra de la creencia de dios. Por eso mi papá, Luciano, lo observaba ocultamente”. Esa creencia comenzó en 1942, cuando Luciano viajó en tren hasta Formosa y después hasta Chaco. Allí se encontró con John Lagar, un misionero pentecostal oriundo de Norteamérica. Lagar se hizo conocido en la zona por bautizar indígenas. Se dice que más de 10.000 Tobas, Wichis y Pilagá recibieron su bendición, y que a varios de ellos les entregó biblias para ser vendidas en sus lugares de origen.Luciano no sabía hablar y mucho menos leer castellano, pero volvió a Las Lomitas con una de esas biblias bajo el brazo. “Empezaron a evangelizar y se instalaron acá, en la orilla del Madrejón”, explica su hijo. “En vez de hacer una iglesia, levantaron un montículo de tierra, una corona”. Desde allí, Luciano dirigía ceremonias en lengua Pilagá, que comenzaban antes del amanecer y terminaban por la noche. “Cuando veían el lucero de la mañana”, dice Juan Córboda, “empezaban a orar, a hacer bulla, a cantar, a gritar”.En los testimonios que recopiló el antropólogo Pablo Wright, se sostiene que en 1946 Luciano tuvo una la revelación: la Biblia le habló. Otras versiones señalan que Luciano “se fue en una chalana por el Río Pilcomayo hasta cruzar el gran agua que rodea la tierra, allí murió y se fue al primer cielo”. De allí, volvió convertido, y su pueblo lo llamó dios, el dios Luciano.Quienes lo conocieron, lo describen como un “hombre alto, grandote, muy serio, que no era charlatán, que observaba mucho”. Algunos hablan de que tenía “poder de sanidad”, al estilo evangelista actual, y otros le atribuyen características propias de un shamán, lo que los Pilagá llaman pi’ogonaq. “Sanaba enfermos de distintas clases” apunta su hijo, “y venía gente de otras comunidades, y se quedaban a vivir acá. Entonces él dejó del ir al ingenio, porque la gente lo entretenía y la traía ayuda”. En su prédica, Luciano tomó algunos elementos de la moral evangélica: no fumar, no tomar, no robar, y las mezcló con ceremonias propias de los Pilagá. Era una época intermedia, un pasaje lento entre las viejas tradiciones indígenas y las creencias introducidas por el hombre blanco.Pero la gendarmería no lo entendía así. Del lado de los criollos el malestar no era sólo por miedo a lo desconocido. Los indígenas eran mano de obra barata para la zafra, y los movimientos religiosos, incluso los evangelistas, eran vistos en toda la región como una amenaza. Cualquier acción colectiva tenía que ser sofocada.

Azúcar amarga
Caminamos por el monte. Juan Luis me cuenta de su experiencia como agente sanitario. Las enfermeras, me dice, discriminan mucho a los indígenas. Varias veces escuchó que alguna le decía “pata sucia” a sus paisanos. Que se bañen ellas en invierno con agua fría, respondía Juan Luis, que siempre está dispuesto a defender a los suyos. Porque él es, me dicen, “de los duros de la nueva generación”. Para demostrarlo, en el brazo tiene tres cicatrices de quemadura de cigarrillo, la prueba que algunos adolescentes Pilagá se infligen como prueba de su valor. En algún momento, esos jóvenes se organizaban para que los criollos no entrasen a la comunidad a molestar o robar animales.Mientras conversamos, llegamos a la casa de Santiago Cabrera. Pero él no está: se fue a buscar leña, y recién al tiempo de dar vueltas por ahí lo vemos bajar del monte con una carretilla cargada de quebracho. Cada diez metros se para, suelta la carretilla, se escupe las manos y vuelve a levantarla. Cuando lo alcanzamos, noto que es muy viejo: hace rato, me dice Juan Luis, que pasó los 80. A simple vista, uno podría pensar que es uno de esos músicos cubanos que parecen inmortales. Tal vez me engañe la sonrisa gigante, o la camisa prendida por un solo botón que le queda tan canchera. Pero su historia no tiene nada que ver con la música.Santiago Cabrera volvió a Las Lomitas apenas terminó la masacre. Aquel hombre flaco, por entonces sin arrugas en el rostro, venía de pasar una temporada en los ingenios de Salta, allí donde aprendió a “aguantar el hambre comiendo lo dulce de la caña”. Al bajar del tren, un gendarme le apuntó con un arma, y le preguntó si era Pilagá. Santiago no supo qué decir. Después, cuando llegó hasta el Madrejón, se dio cuenta que había pasado algo terrible. Su testimonio será la base, seis décadas después, para que los abogados escriban la presentación judicial. “Con las primeras luces del alba”, dirá el escrito, “la imagen es dantesca. Más de 300 cadáveres yacen. Los heridos son rematados. Niños de corta edad, desnudos, caminan o gatean, sucios…envueltos en llanto”.Muchos de esos muertos eran trabajadores que volvieron de los Ingenios antes que Santiago . En un diario de la época citado por Wright, se narra la situación de 150 aborígenes que caminaron desde El Tabacal, provincia de Salta hasta Las Lomitas, luego de ser despedidos del Ingenio San Martín. Los Pilagá habían sido convocados para trabajar por seis pesos el día, pero al llegar al lugar les dijeron que cobrarían menos de la mitad. Intentaron reclamar y a la mayoría los despidieron sin piedad. La salvación de Santiago Cabrera, lo que le permitió ser testigo, fue llegar a Las Lomitas después que sus compañeros.

Km 14
En el idioma de los Pilagá, la comunidad Kilómetro 14 tiene otro nombre. Juan Luis me lo repite tres, cuatro veces, hasta que intuyo que su paciencia roza el límite. Me resigno a llamarla así, por su ubicación en el mapa. Son las cinco de la tarde y el sol quema con furia. Yo tengo puesto un gorro de explorador, una remera de fútbol y pantalones anchos. Es ropa fresca y holgada, ideal para sacar fotos con comodidad, pero parece que no es suficiente contra el calor. Me siento un habitante del Polo en el Caribe: todo lo que haga mi afiebrado cuerpo puede ser motivo de risa, y con razón.Por estar más alejado del pueblo, el monte aquí se conserva mejor y el clima parece un poco más fresco. En la entrada del Kilómetro 14 nos reciben Julio Quiroga y Norma Navarrete, ambos sobrevivientes de la masacre. Con nosotros vienen Bartolo Fernández, Juan Luis, Santiago y Benjamín, los dos que no me convidaron tereré esta mañana. Pronto, voy a descubrir que ese gesto fue pura timidez. Le explicamos a los ancianos que hacemos en la zona, y enseguida se arma una ronda a la que se suman otros miembros de la comunidad. Julio Quiroga avisa que para contarnos todo lo que pasó tendríamos que quedarnos dos o tres días, pero que va a intentar darnos una idea. Y que nos va a hablar en su idioma, porque está cansado y el Pilagá es mucho más fácil. Juan Luis y Santiago me dicen que está todo bien, que entre los dos pueden traducir. El diálogo que comienza es desordenado. Los ancianos hablan, se interrumpen y a veces lo siguen haciendo mientras Juan Luis y Santiago traducen al castellano. En otros tramos, conversamos entre nosotros y no llegamos a entender las cosas que los ancianos explican. Lo que sigue, entonces, es un rompecabezas armado con fragmentos de varias voces mezcladas en una pequeña babel en el monte formoseño.

La masacre
La toldería de los Pilagá crecía al ritmo de los milagros de Luciano, pero las plegarias no alcanzaban para llenar los estómagos. Lo único que se multiplicaba a orillas del Madrejón eran bocas que alimentar, y la llegada de los desplazados del Ingenio San Martín había agudizado el problema. Se pidió ayuda. Primero comida en el pueblo, a veces casa por casa, y cuando ya no fue suficiente apelaron al gobierno nacional. Desde Buenos Aires enviaron tres vagones con alimentos, medicina y ropas, pero el tren quedó varado en la ciudad de Formosa. A Las Lomitas llegó, diez días después, un solo vagón cargado de harina con gorgojos, grasa derretida y galletas verdes. La intoxicación fue una peste. Los gendarmes dirán luego que se trató de una indigestión masiva “por comer demasiado”. Para los Pilagá, fue un intento de envenenarlos: aún hoy, si se les pregunta, muchos de ellos sostienen que la comida “estaba maldecida por un cura, para que nos debilitemos”. El temor crecía de uno y otro lado del Madrejón. En el pueblo la gendarmería emitía bandos y repartía armas entre los civiles. En la toldería de los Pilagá, los ritos y las canciones se multiplicaban: dios nos protegerá de todo, decía Luciano, incluso del hambre y las balas.Cuando el Sargento Ayudante Salazar dió su versión de la masacre, escribió que los Pilagá “dejaban oír sus músicas y tambores, metiendo aun más miedo con sus rostros pintados en franca actitud agresiva”. En la misma publicación, Salazar dirá que “en realidad, estos indios eran salvajes, como animales”. Su compañero, el suboficial Perloff, sostendrá que “llamaba la atención la cantidad de indios Pilagá reunidos, procedentes indudablemente de distintos lugares, pintarrajeados y danzando, como lo hacen según su estilo, momentos previos a la pelea”.El gobierno nacional volvió a intervenir. Esta vez, pedían que el cacique Paulino Navarro, conocido como Pablito, viajase a Buenos Aires para una entrevista con Perón. Pablito era un hombre joven, con un aro en cada oreja y una cualidad lo distinguía: podía hablar y leer castellano.“Pero nunca falta un sueño”, se queja Bartolo Fernandez. Lo dice con bronca, con resignación, como para hacerme entender lo que muchos creen: que fue el sueño de una anciana el que terminó de torcer la historia en contra de los Pilagá. Se llamaba Aurora, y se lo narró al cacique Pablito en forma de premonición. “No te vayas Pablito”, le advirtió, “porque mi visión es que cuando ustedes vayan a Buenos Aires, antes de llegar te van a matar”. Pablito no supo cómo reaccionar. Cuando un comandante de la gendarmería fue a su toldería y le entregó la ropa para viajar, el cacique se vistió de criollo y pidió que lo dejasen sólo con Juanita, su mujer, Al rato salió y le dijo al gendarme que no pensaba ir a ningún lado. El rostro del mensajero se transformó. Le dijo “vos no te vas, pero sabé bien que les vamos a dar caramelos”. Nadie sabe por qué, pero así llamaban a las balas en la zona.Julio Quiroga lo supo enseguida. Tenía casi 15 años, y limpiaba la cocina de la Gendarmería. La mañana de la masacre, llegó al trabajo y se encontró con un hallazgo: los gendarmes habían confiscado todo lo que los Pilagá podían usar para defenderse. “Habían escopetas, machetes, hachas y biblias”, recuerda, “tenían tres cajonadas con las cosas que le habían sacado a la gente”. La suerte ya estaba echada. “El patrón dijo que me iba a preparar un bolso con mercadería para que me fuera. Me dijeron que a las 6 me tenía que ir, pero cuando llegué cerca del Madrejón ya estaban los gendarmes cuerpo a tierra”. Cincuenta años después, el suboficial Perloff dará su versión de esos instantes previos en una revista de la gendarmería. Allí escribirá que “…el cacique Pablito pidió hablar con el Jefe (del escuadrón), por lo que concerté una entrevista a campo abierto. Los indios, ubicados detrás de un madrejón, nos enfrentaban a su vez, hallándonos con dos ametralladoras pesadas, apuntando hacia arriba. Entre los aborígenes (más de 1.000) se notaba la existencia de gran cantidad de mujeres y niños, quienes portando grandes retratos de Perón y Evita avanzaban desplegados en dirección nuestra”.A las 5 de la tarde, recuerda Julio Quiroga, “empezaron a tirarnos, y escapamos, uno para cada lado, algunos para Pampa del Indio, otros para Campo del Cielo”.La matanza no terminará en esa tierra regada de cadáveres. Los Pilagá serán perseguidos durante varias semanas y cientos de kilómetros a la redonda. El Sargento Salazar, el único gendarme herido durante la masacre, escribirá años más tarde que, luego del fuego de las ametralladoras, “el grueso de la unidad, acompañado por algunos civiles, penetró en el bosque abriéndose en abanico”. El objetivo era que no quedasen testigos.Pero quedaron. El cacique Pablito vagó por el monte junto a cien indígenas desesperados y se refugió en Paraguay. El dios Luciano, que para salvar su vida se escondió en un pozo, fue rescatado por sus seguidores y se instaló en Laguna Pato. Allí continuó con su prédica, pero a los pocos años murió. Según su hijo, Luciano se enfermó de miedo y tristeza. Gran parte de los sobrevivientes quedaron marcados. Como explica Bartolo Fernandez, “muchas personas no querían volver para esta zona, porque tenían miedo que los vuelvan a matar. Los ancianos a veces dicen dos palabras, dicen tres palabras largas y lloran. Ya no es como antes”.Los diarios de la época hablaron de “levantamiento indígena”. El diario el Intransigente del 12 de Octubre de 1947, decía que “la sublevación obedecería a una prédica infiltrada entre los aborígenes haciéndoles ver las posibilidades de mejoramiento a que tendrían derecho como nativos y dueños de la tierra que habitan…”. Aunque diez días más tarde, en el mismo diario, tuvieron que reconocer que “no resultan tan ciertas las versiones que los indios hubiesen asesinado. Se los persiguió y se los sigue persiguiendo. En cuanto a los muertos, nada se sabe en forma oficial porque después de la masacre fueron quemados los cadáveres”. La gendarmería, en cambio, publicó un trabajo sobre el tema a principios de los 90 , al que tituló“el último alzamiento indígena”.Hoy el pueblo Pilagá es considerado en extinción: en toda la región chaqueña no quedan más de 5000 . Lo que parece no haber cambiado es la adhesión a la figura de Perón. Cada vez que intenté indagar sobre que responsabilidad tenía el entonces presidente en la masacre, las respuestas fueron evasivas. Al final, Juan Córdoba me explicó que opinaban del General. “Creemos”, me dijo, “que era un hombre muy honesto, que ayudaba a los pobres, y que nos enroló y nos dio los documentos”.

Otro silencio
Norma Navarrete está sentada sobre un pequeño tronco, casi al ras del suelo. Cuando el relato de los otros ancianos está por terminar, ella se levanta y mira al centro de la ronda. Yo quiero hablar, dice, y sus palabras se clavan en la atmósfera caliente del atardecer. Voy a hablar, repite, pero quiero que me den tiempo para hacerlo, por lo menos dos o tres días. No hay tiempo, le decimos: yo me voy por la mañana y no se cuándo podré volver. Entonces hablo ahora, contesta. Santiago, el del tereré, se ofrece para traducir. Norma habla como si cantara. Es una mujer sabia en sus tristezas, y nadie se anima a interrumpirla.
“Era de noche y tiraron bengalas para iluminar y saber donde estábamos. Eso pasó porque buscábamos un dios. Nosotros fuimos a un lugar que se llama Pampa del Indio. Escapamos ahí. En ese época yo era joven y soltera. Yo llevaba la mercadería y mi mamá el agua. Veníamos escapando, por ahí nos escondíamos, corríamos, llorábamos. Nos fuimos a meter en un estero, durante el día estábamos en una cueva para que no nos vieran los gendarmes. Primero yo llevaba mercadería y mi madre llevaba agua, pero después de algunos días se acabó y pasábamos hambre. Mi abuelo tenía un amuleto de hueso para tener garra, fuerza, para que no te caigas o te demores. Me metía unos chuzazos con eso, muy fuerte, cosa que el hueso del animal penetre en la carne, para que no me duerma, y así lograba escapar día a día, hora a hora. Así llegamos hasta Campo del Cielo. En ese mismo lugar nos rodearon. Y no sé como no nos mataron. Había gente que levantaba nervios, que se preguntaba que iba a pasar con ellos. Nos rodearon los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo vamos a matar’. Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan los cuervos a comerlos.”
La voz de Norma es una montaña al borde del derrumbe. Cuando termina de hablar, ya es de noche y apenas nos vemos las caras. Santiago, el del tereré, está conmocionado: apenas puede emitir sonido. Nos quedamos en silencio, pero no es el silencio incómodo de esta mañana: es uno suave, lleno de murmullos y roto de a ratos por la voz de los ancianos que conversan sobre sus recuerdos, como si nosotros ya no estuviésemos allí.

Citas de Diarios y testimonios recopilados por Pablo Wright: Crónicas del Dios Luciano: Un Culto Sincrético de los Toba y Pilagá del Chaco argentino. P. Wright y Patricia Vuoto. Religiones Latinoamericanas 2 Julio 1991- SN 0188-4050

3.11.06

“Rojo amanecer” Una película imperdible

Hernán Montecinos
Rebelión
Unos muy buenos amigos/as me trajeron un encargo desde México: la película “Rojo amanecer” de Jorge Fons, un cine que mezcla lo documental con la ficción y que tiene como fondo el hecho cruento de la Matanza de Tlatelolco, un barrio de México, en donde fueron masacrados estudiantes que se encontraban convocados a un mitin de protesta, en el caliente año de 1968, de plena efervescencia juvenil en el mundo. Una película que sólo conocía de oídas y que nunca pude ver, a pesar de ser una producción del año 1989. Bueno, el caso es que nada más verla y todas las expectativas alojadas en mi imaginario, respecto de la excelencia y calidad de este film, quedaron largamente superadas.Consultados varios amigos, empedernidos cinéfilos al igual que yo, me encontré con la sorpresa que la gran mayoría de ellos la desconocían. Ignoro si alguna vez esta película fue exhibida aquí en Chile, y si lo fue, al parecer todo indica que pasó inadvertida, cuestión nada de extraño en un público criollo demasiado acostumbrado a hacer cola a la entrada de los multicines, para ver películas de violencia con ruidosos efectos especiales, o melodramas hollywoodenses de dudosa calidad.El cine en toda su historia ha dejado reseña de lo que fue, por ejemplo, la revolución Rusa gracias al genio de cineastas como Sergei M. Einsenstein con sus películas “Octubre” o “El acorazado Potemkin”, produciendo ese género en el que se alterna la recreación documental con la ficción, cuya lección han aprendido hasta cineastas inesperadamente liberales, como el actor Warren Beatty, que con su película “Reds”, nos dio en la década del 80, un ejemplo de lo que podían ser este tipo de películas sobre hechos históricos. En Chile conocemos intentos en esta dirección de Miguel Littin con “Tierra prometida” y las “Actas de Marusia”, y más recientemente Marcelo Ferrari con “Sub Terra”. Por cierto, que la más nueva de éstas, “Machuca” de Andrés Wood ha constituido el mejor acierto en el cine chileno sobre esta amalgama de géneros. También en España nos encontramos con aquella magnífica recreación del asesinato de Carrera Blanco “Operación Ogro” de Gillo Pontecorvo (1979). Podría nombrar otras más, pero como quiera que sea, estas constituyen sólo excepciones, existiendo una gran deuda para realizar este tipo de producciones en que hechos políticos sociales que han marcado a fuego nuestras respectivas sociedades, sean llevados al celuloide amalgamados tras los géneros del cine documental con el de ficción.Curiosamente, pese a la conmoción que provocó la brutal matanza de Tlatelolco, en la sociedad mexicana de la época, este hecho se encuentra poco documentado en el celuloide y aún en los propios registros literarios. Constituye un hecho pionero sobre el tema, en los años 70, el documental “El grito”, dirigido por Leonardo López y realizado por los estudiantes de cine de la UNAM, el que se exhibió de manera semi-clandestina en los estrechos círculos universitarios y clubes de cine alternativos convirtiéndose en un objeto de culto. Cada dos de octubre se proyectaba en estos lugares bajo una consigna que acabó siendo famosa: "No se olvida". A su vez el trabajo periodístico de Elena Poniatowska en su libro “La noche de Tlatelolco”, se convirtió en un punto de referencia común sobre el movimiento estudiantil. Sin embargo, a pesar de estas notables excepciones, durante un largo período no hubo un tratamiento abierto de los sucesos de 1968, con la capacidad de acceder a un público más amplio. La película “Rojo amanecer”, de Jorge Fons (1989), objeto de esta nota, vino a llenar este vacío.A saber, esta película nos trae a la memoria la matanza por disparos de entre 300 a 500 jóvenes estudiantes (según cifras oficiales), durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, el día dos de Octubre de 1968, en el barrio De Tlatelolco en la ciudad de México. A decir verdad nunca se ha podido establecer la cantidad exacta de muertos, pues desde esa fecha una especie de nebulosa a distorsionado y encubierto toda la naturaleza y realidad de ese alevoso crimen. Hubieron, por supuesto, algunos cineastas que intentaron analizar todo lo que ocurrió esa tarde del dos de Octubre, pero como siempre ocurre para este tipo de cine se toparon con la censura, auto censura y censura por omisión, que son los tres defectos que impiden la expresión total y libre en el cine.Debieron de pasar 20 años para que el cine mexicano Con “Rojo amanecer”, recién se atreviera a poner en pantalla este cruento hecho que conmocionó a la sociedad mexicana de la época y cuyas heridas aún no se acaban de curar. El valor de esta película es ser la primera de la especie que se atrevió a tocar esta profunda herida. Aún con ello, falta mucho por decir acerca de ese año que cambió la historia del México moderno.Por más de 30 años, los diferentes gobiernos del PRI, ayudados por los medios de comunicación (¡y cuándo no!), mantuvieron la falsa tesis oficial de que habrían sido los estudiantes quienes iniciaron los tiroteos con francotiradores colocados en los edificios de la plaza. Esa versión fue rebatida por muchos de los protagonistas e investigadores, quienes poco a poco han ido poniendo al descubierto la veracidad de los hechos contados por testigos de la época, en cuanto a que fueron agentes provocadores infiltrados los que iniciaron el fuego indiscriminado contra una masa indefensa de estudiantes, todo ello avalado con irrebatibles antecedentes, incluidos con propias fotografías tomadas por agentes policiales de la época. Es en este cuadro que la película de Jorge Fons, contribuye a que la lucha contra la impunidad, en un país hispano, puede tener grandes avances y pueda ser comprendida en toda su complejidad por la inmensa mayoría del pueblo mexicano cuyo imaginario fue distorsionado miles de veces por las siempre mentirosas noticias oficiales. De paso, esta película ayuda también no sólo a saldar la deuda pendiente con las víctimas y juzgar a los responsables de los crímenes de Estado, sino a destapar las tramas de la sangrienta represión que, no por casualidad en Ibero América acaba siempre concluyendo en algún despacho oficial de los EEUU. Después de la matanza, el país ya no volvió a ser el mismo. La represión brutal a un movimiento con demandas democráticas, integrado en su mayoría por miembros de la clase media, marcó profundamente a la clase dirigente mexicana. Y aunque los gobiernos que sucedieron al de Díaz Ordaz intentaron cerrar la herida abierta por Tlatelolco, estableciendo algunos nuevos espacios para la vida democrática del país, el silencio oficial predominó sobre este hecho. La fecha y el tema se convirtieron por muchos años en un tabú.Así entonces, existían poderosas razones para que, no por casualidad, Jorge Fons tuviera que enfrentar numerosas trabas y dificultades para hacer esta película El año 1988 fue escenario de un escándalo porque la exhibición de Rojo Amanecer sufrió un extraño retraso, ya que se estrenó hasta 1990. El guionista de la cinta, Xavier Robles, recurrió a la SOGEM, que a su vez interpuso un amparo en contra de la Dirección de Cinematografía. Los funcionarios alegaron que todo se debía a un simple retraso por razones burocráticas; los realizadores denunciaron intento de censura. Recordemos sobre esto mismo, que años más tarde pasó algo similar con la película “La ley de Herodes”, de Luis Estrada (1999), por poner el dedo en la llaga sobre la corrupción política habida en el país durante los sucesivos gobiernos del PRI. Esta película fue objeto de un burdo veto que terminó provocando la renuncia del entonces director del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), y el consiguiente desprestigio de las autoridades cinematográficas mexicanas.Por el ambiente político imperante, lógicamente el cine nacional mexicano -dependiente en gran medida del gobierno para poder sobrevivir- tenía que haberse enfrentado a un enorme obstáculo al querer abordar un tema como el que trataba Jorge Fons en su película. Finalmente, con un escaso presupuesto y una productora independiente pudo concretar su proyecto. No cabe duda que el talento, las ganas y la creatividad de este notable realizador –el mismo de “El callejón de los Milagros”- dieron como resultado una magnifica cinta que no necesitó de grandes presupuestos estilo Hollywood, para tocar las fibras más sensibles del espectador narrando visualmente, con acierto sin igual, el terror que vivieron un indeterminado número de familias de clase media, aquellos que vivían en las inmediaciones en donde se llevó a cabo la consumación de la masacre. Entre los tantos méritos del filme destaca el hecho que no es una cinta política en sentido estricto, que pretenda analizar las causas y efectos del movimiento estudiantil cruentamente reprimido, ni denunciar a un Estado totalitario y represor. Es esencialmente la “crónica” de una noche en la que grupos armados de civil con tropas del ejército perdió los límites de la cordura haciendo imperar el terror. La película no funciona como juez sino como un pasillo que lleva al conflicto suscitado, para que cada espectador haga su propio juicioCon todo, lo cierto es que el alboroto, una vez que la cinta fue autorizada, generó muy buena taquilla, y más tarde fue señalada como la iniciadora del llamado "nuevo cine mexicano" de los noventa.Ahora bien, entrando a los aspectos más destacados de esta película, su primer gran acierto es que la locación se lleva a cabo en los interiores de un departamento de un conjunto habitacional situado en las inmediaciones en donde se llevó a cabo la brutal masacre. Todas las secuencias del film sólo tienen lugar en dicho reducido espacio, salvo los escasos segundos finales cuando el niño, único sobreviviente de la masacre familiar, sale al exterior con un desesperado dejo de esperanza de no volver a vivir tan inesperado horror. Probablemente el poco dinero con que se produjo la película haya determinado que se filmara casi en su totalidad en interiores. Sin embargo, en vez de ser una limitante, este elemento fue convertido por Fons en una de las principales virtudes de la cintaEn efecto, es en ese reducido espacio que vemos en la mañana del 2 de octubre retratada una familia en donde habitan tres generaciones: un matrimonio con sus cuatro hijos y el abuelo. El padre burócrata, la madre ama de casa, dos hijos estudiantes de universidad o pre-universidad, dos hijos menores de primaria, y el abuelo jubilado ex militar. Apaciblemente esa familia se prepara para vivir su día normal el dos de Octubre, sin presentir lo que desde afuera ya se presagiaba. Sin embargo al transcurrir unas pocas horas esa apacibilidad se ve interrumpida en medio de la represión política más sangrienta del México moderno. Pero no todo es de repente sino que todo se sucede en forma paulatina como en un continuo in crescendo. Desde ahí, cual privilegiada atalaya, sus miembros ven y escuchan, primero la manifestación de estudiantes, y luego, la matanza y sufren sus consecuencias, cuando ocultan en el departamento a estudiantes compañeros de sus hijos, quienes serán masacrados junto con la familia, por tipos armados, a los que se tuvo buen cuidado de no vestir como militares para no aludir a las responsabilidades del ejército y así evadir la posible censura.Ya algo similar habíamos visto en la película colombiana “Confesiones de Laura”, que describe desde el interior de un departamento “el Bogotazo”, derivado del magnicidio del líder político liberal Jorge Gaitán en 1948. Este magnicidio originó una ola de violencia en el centro de Bogotá derivando también a la mayoría de las ciudades colombianas. Claro está, que uno y otro film tienen connotaciones muy particulares y distintas, que las hacen inigualables inscribiendo a ambas en la categoría de un cine excepcional.En efecto, mientras el espacio cerrado elegido por Jaime Osorio, en la película colombiana, le sirve de locación para dar curso a una relación intimista de dos almas gemelas vecinas, teniendo como fondo la violencia sucedida en las calles del exterior, en los interiores del departamento, elegido por Jorge Fons, habita un microcosmos representativo de la sociedad mexicana de la época. En el interior de esa familia existe un conflicto generacional, reflejo del que está a punto de estallar en las calles de la ciudad de México.Pocas veces me ha tocado ver una película sin fallos como ésta. Y esto lo destaco porque hasta en las películas mejores y más excepcionales siempre me las he arreglado para encontrarles algún punto de debilidad, cuestión por la demás nada de difícil por los numerosos puntos de observación de que puede ser objeto una película (argumento, actuaciones, continuidad de las secuencias, locaciones, mensajes, estética, etc.). Por suerte, y con justificado mérito esta película vino a ser reconocida finalmente en el propio México, no solo por el público espectador, sino también en los círculos oficiales. No fue extraño, entonces, que este film el año 1991haya sido galardonada con varios Arieles, entre ellos, mejor película; mejor director, Jorge Fons; mejor actriz, María Rojo; mejor actor, Héctor Bonilla; mejor coactuación masculina, Jorge Fegán, y mejor argumento y guión, Xavier Robles y Guadalupe Ortega, entre otros.En fin, y para cerrar esta nota, un acierto de película que en los ciclos habituales de “cine alternativos” que ofrecemos en ICAL Valparaíso, nos comprometemos desde ya hacer las gestiones del caso para incluirla en la parrilla programática de nuestros próximos ciclos.Por último, y excúsenme, nobleza obliga, no puedo dejar de expresar mi público agradecimiento a Morelia, la que me habló y me entusiasmó con esta película, a mi queridísima amiga, Viviana Bravo (la china), que allá en México me la ubicó, y a mi amigo Sergei López que me la trajo de regalo desde esa tierra. Así, poquito a poco, gracias a queridos amigos voy acuñando entrañables tesoros.