24.4.07

Argentina 1971: El teatro de lo oculto. Espectáculo del poder

Natalia Arbizu

DRAMATURGIA DE GRISELDA GAMBARO: DE LA DESCOMPOSICIÓN A LA DIAGNOSIS. La presión/opresión que los gobiernos dictatoriales han ejercido sobre el campo teatral de Argentina (censura y autocensura, amenazas, prisión, exilio e insilio, secuestro de personan y ediciones, clausura de salas, tortura, desapariciones...) interfirió notablemente limitando su actividad. Se endurecieron y dificultaron las condiciones de producción, difusión y recepción del teatro. En esa obstaculización, se engendra la raíz de un nuevo lenguaje dramático, que viene a responder a la necesidad de referir la realidad socio-política en el texto dramático a través de un sistema metafórico, de correlaciones oblicuas, elaborando una poética del «enmascaramiento», el «escamoteo» y la «ambigüedad». Por un lado, se busca una vía para crear y cuestionar desde la creación (en plena represión), a partir de esos nuevos códigos y por otro, se crea un “pacto de recepción” con el público, privilegiando un lectura política de los espectáculos que carecían, sin embargo, de cualquier alusión explícita a problemas socio-políticos. El horror de la realidad superó toda posibilidad de realismo teatral y fueron necesarios nuevos códigos para trasladarla al texto teatral.



DRAMATURGIA DE GRISELDA GAMBARO: DE LA DESCOMPOSICIÓN A LA DIAGNOSIS

«Yo asediaré el “eso no me concierne” con mi
angustia
y quebraré el sueño ajeno con fuegos de
artificio
horribles, indecentes
con fusilamientos incontables caeré sobre la
indiferencia
de los que pasan
hasta que empiecen a preguntar, a preguntarse... »

Griselda Gambaro. Información para extranjeros

La presión/opresión que los gobiernos dictatoriales han ejercido sobre el campo teatral de Argentina (censura y autocensura, amenazas, prisión, exilio e insilio, secuestro de personan y ediciones, clausura de salas, tortura, desapariciones...) interfirió notablemente limitando su actividad. Se endurecieron y dificultaron las condiciones de producción, difusión y recepción del teatro. En esa obstaculización, se engendra la raíz de un nuevo lenguaje dramático, que viene a responder a la necesidad de referir la realidad socio-política en el texto dramático a través de un sistema metafórico, de correlaciones oblicuas, elaborando una poética del «enmascaramiento», el «escamoteo» y la «ambigüedad».

Por un lado, se busca una vía para crear y cuestionar desde la creación (en plena represión), a partir de esos nuevos códigos y por otro, se crea un “pacto de recepción” con el público, privilegiando un lectura política de los espectáculos que carecían, sin embargo, de cualquier alusión explícita a problemas socio-políticos. El horror de la realidad superó toda posibilidad de realismo teatral y fueron necesarios nuevos códigos para trasladarla al texto teatral.

Griselda Gambaro, nacida en 1928 en Buenos Aires, es conocida como dramaturga, aunque ha producido asimismo narrativa y cuentos para niños. Su extensa obra dramática, repetidamente representada en Buenos Aires, también ha sido objeto de diversas puestas en escena en Europa y en otros países de América. De entre su producción dramática, destacan obras como Las paredes (1963), El desatino (1966), El campo (1967), Nada que ver (1971), Decir sí (1978), La malasangre, Del sol naciente (1984), Antígona furiosa (1986)... Los textos de Gambaro comparten rasgos de un mismo lenguaje escénico propio y particular, que tiene como objeto la revisión y subversión del orden establecido por el poder. Trabaja con unidades fragmentarias y las combina y reordena, en busca de la orientación ética, que provoca la risa amarga ante la constatación de una experiencia real y de extrema crueldad y tontería. La presencia de un cuerpo humano, sorprendentemente real y teatralmente grotesco llena las escenas. Los personajes presentados son a menudo representaciones simbólicas, metonímicas o metafóricas, de la sociedad. Lo que se pone en escena, no son imágenes integradoras de la realidad, sino su descomposición, y por medio del grotesco y del humor negro, se hacen evidentes para el espectador.

La influencia del teatro europeo (Bertold Brecht, Antonin Artaud, Samuel Beckett,Eugène Ionesco...) es innegable, no sólo del teatro del absurdo y del grotesco, también su lenguaje físico revela la influencia del teatro de la crueldad formulado por Artaud, no sólo desde una visión global de relaciones entre teatro y condición humana, sino también colocando al espectador como experimentador de los objetos sufrientes, por medio de la risa y el horror. Los antecedentes del grotesco en Argentina son el circo y los sainetes de finales del siglo XIX. El las primeras décadas del XX se incorporan características del grotesco en algunos sainetes, hasta el aglutinamiento de estos elementos del grotesco en piezas que son designadas como grotescos criollos. Es decir, si el grotesco no empezó de un día para otro, tampoco desapareció de golpe; después de 1960, en las obras de teatro representadas en los “Ciclos de Teatro Abierto” (1981/85), inauguradas en plena dictadura militar (1976/83) se observa el aprovechamiento parcial de muchos componentes: tipo de humor, de conflicto, estilos actorales, deformación de los cuerpos, etc. Es decir, el fenómeno del grotesco en Argentina no remite sólo a unos textos (aspectos literarios, autorales), sino también al escenario (estilo de representación, recursos actorales).

Los sainetes de Discépolo son una influencia directa para Gambaro que se ha criado en la tradición de géneros populares argentinos (sainete, gauchesca, vodevil, grotesco, revista), definida por su marcado lenguaje popular y como una actuación sobre la actuación, como “intertextualidad carnavalesca” o metaactuación, casi un teatro de citas. Las extensas acotaciones que en los textos de Gambaro proponen una concreta gestualidad, maquillaje, movimiento, describen a menudo procedimientos semejantes a los del particular actor nacional de sainetes: muecas, maquietas, latiguillos, cortes, declamaciones, apartes, morcillas... Las funciones de estos procedimientos varían al alterarse o combinarse unos con otros para producir risa, o concretar el ridículo, y en su primera fase sirvieron para restituir la armonía o dar alivio a la tensión sentimental, y en su expresión última se convierten en un hecho cuestionador destructor de la armonía, que expresaba las contradicciones sociales de la época. Así surge el personaje derrotado y fracasado del grotesco criollo. El carácter interactivo de estos procedimientos, provoca que el actor no pueda ubicarse detrás de la cuarta pared (como el actor dramático) y que tenga una relación no garantida con el público.

La composición con elementos de diferentes campos de la realidad puede generar mundos extrañantes o incluso, atemorizantes, e implica necesariamente la renuncia a una imagen armoniosa de la sociedad. No habrá un objeto nuevo, resultado de la manipulación de diferentes entidades, sino la revelación de una naturaleza peligrosa y alevosa a través de la mirada grotesca a esas entidades de lo cotidiano. La comicidad surge de una forma de caricatura cercana esperpento de Valle Inclán, que retrata asimismo realidades contemporáneas o históricas, y que podemos identificar por la distorsión de la apariencia y mezcla de lo humano y animal, realidad y ensueño, buscando en este efecto de contraste, el humor negro, el horror y la perplejidad del espectador, cuyo espanto es amortiguado por la risa.

Los individuos exageradamente pintados que aparecen en el teatro de Gambaro, son un desafiante trastorno de lo reconocido como orden convencional que pervierte la recepción de lo familiar y conocido. Es decir, el grotesco es aplicable tanto a la actitud creativa, al contenido y estructura, como a los efectos sobre el destinatario, o lo que es lo mismo: obra, proceso creativo y recepción.

Cuerpos en desequilibrio, artificiosidad gestual y postural, lenguas enrevesadas, confinamiento espacial o significaciones políticas escondidas, son algunos de los fundamentales rasgos del grotesco. La palabra de los habitantes del grotesco es críptica, está disfrazada y deformada para decir lo indecible, entrecortada y elíptica. El grotesco criollo se construye precisamente en torno a ese contraste entre lo que se muestra o se puede mostrar y lo que se esconde porque no puede decirse abiertamente. Las estrategias de ocultamiento son muy variadas, especialmente en época de dictadura. Los personajes se mueven entre el ser y el parecer. El lenguaje del grotesco es equívoco y privilegia una perspectiva deshumanizada que sirve a desmontar los mitos e instituciones que la sociedad tiene por absolutos. Surge de las anomalías del sistema y representa una experiencia de fracaso que incluye desde la familia o la propiedad privada, hasta el ejercicio del poder. En este sentido, las obras de Gambaro representan los efectos de la crisis social, y su preocupación reside en la decodificación de organismos sociales autolegitimados que caracterizan la dictadura; poniendo de manifiesto las ficciones del poder concebidas tan solo para la justificación y normalización de su abuso. La función del teatro de Gambaro es revelar el sexismo, el elitismo social y el conservadurismo político que se apoya en la crisis que justifica la existencia de un estado militar y por tanto los actos de control social.

Si el grotesco es un procedimiento de reconocimiento, en el caso de Gambaro podemos llamarlo diagnosis, es decir, un conocimiento diferencial de los signos de las enfermedades, exacerbando las contradicciones hasta hacer estallar la validez del sentido que las sustenta.

INFORMACIÓN PARA EXTRANJEROS

Las 20 escenas que conforman el texto, nos muestran una crónica de torturas, secuestros y asesinatos cometidos en la Argentina de 1971. La acción fragmentada se desarrolla en los distintos espacios de una casa.

La casa debería condensar y defender la intimidad, debería responder por lo privado protegido de la amenaza externa, pero el espacio que Gambaro propone en su obra Información para extranjeros es un negativo de la imagen de la casa y una inversión de la función de habitar, así el horror que ocupa los espacios de la casa está en nosotros. Es una trasposición del espacio a lo humano. Es decir, la casa como metáfora del cuerpo o espacio de la confrontación política, representada mediante la tortura.

El público/audiencia es representado en escena por un grupo actores que son tratados por su guía como turistas con la intención de visitar catacumbas, pero el espacio en que ingresan va adquiriendo carácter de prisión con celdas y cámaras de tortura.[1] Las apariencias no engañan, pero la información sí. Lo que comienza siendo ambiguo, crece en grotesca contradicción. La idea de las catacumbas nos trae la imagen de cuevas múltiples o de una red de galerías, con celdas quizás, donde se meditan secretos y se traman intrigas: un espacio oculto por supuesto, por eso es necesario que nos sea mostrado.

La curiosa conexión entre las catacumbas y la gruta que da nombre y carácter al grotesco[2], nos revela una concepción de espacio confinado, casi un lugar sepulcral dispuesto a recibir a sus muertos, en efecto, los personajes mueren en escena.

La repetición constante del guía llamando la atención sobre los escalones, la cartera... tiene la clara finalidad de crear incertidumbre, inseguridad; la composición verbal del espacio nos dice que el lugar no es fiable y, sembrando más desconfianza, la gente tampoco: “la ocasión hace al ladrón”; la situación, la oscuridad, las macabras y las crueles escenas de los cuartos que el grupo visita, los espacios cerrados, el lenguaje equívoco... Los elementos se conjugan con maestría en función de un objetivo común: transmitir al espectador la inseguridad, intranquilidad, temor e incertidumbre generada en el grupo de turistas que “padece” la visita a la casa de los horrores, donde son informados, como extranjeros en su propia patria, de los estragos causados por el abuso del poder establecido. La estructura del espacio funciona metafóricamente e implica una arquitectura muy diferente a la sala de teatro convencional, en la que casi se borran por completo la división entre platea y escenario, entre actor y espectador.

La acción tiene lugar en una casa, escenario que señala la usurpación de los espacios domésticos por la junta militar, en relación con la imagen de casa como nación[3]. Los sistemas del terror anulan la existencia de cualquier lugar seguro. La casa no es un lugar seguro, de eso nos convencemos según avanzan las escenas, al igual que la perversión del lugar, el país conserva la fachada externa de aparente normalidad de lo cotidiano, pero se ha convertido en escenario de las más crueles prácticas.

Pero la casa también representa uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre. Desde esta perspectiva las cámaras secretas/habitaciones se constituyen en morada para un pasado inolvidable y las diferentes alturas de pisos de la casa que requiere el texto, reflejan los múltiples niveles de información dentro del mismo.

Las escenas de violencia política no están limitadas a las prisiones y cámaras de tortura, sino que son escenificadas en calles públicas, en casas privadas, en cuerpos humanos. Así, la toma de la casa, significa de la nación, de la casa familiar, y del caparazón protector del cuerpo, indicando que los tres espacios individual/familiar/social concurren en uno, es el espacio representativo del cuerpo/casa/nación.

Lo público y lo privado, en cierta medida, están mezclados. Se puede hablar de permeabilidad, de límites borrados. En la obra, la tortura se hace pública dejando al público del lado del torturador, es decir, el público está compartiendo el mismo espacio del torturador, hasta el punto que, el verdugo de una muchacha sale de entre el público/grupo de turistas. No es que el público representado sea cómplice, es que esa complicidad es lo que posibilita el espectáculo. La teatralidad del terror sobrepasa los mecanismos de puesta en escena de actos atroces. La obra puede plantearse como otro tipo de tortura: mostrar los instrumentos. El énfasis no está en las acciones violentas, sino en el papel del espectador observando la violencia, en ese tipo de voyeurismo. Lo que nos recuerda la llamada “tortura familiar”, donde el torturado es sólo un medio para torturar al que es obligado a presenciar ante sus ojos la tortura a un ser querido.

Si bien las convenciones teatrales exigen la pasividad del público, las escenas de violencia real y cotidiana están apelando a esa pasividad de “público teatral”, que tiene la responsabilidad ética de tomar parte como testigos para tratar de evitar los abusos de poder que ante sus ojos suceden. Esta es la trampa que Gambaro diseña para el público teatral de Información para extranjeros, porque como ella misma dice:“Toda pieza de teatro es un ajuste de cuentas, un enfrentamiento con la sociedad”.

El poder a través de sus canales de información o mejor dicho, de desinformación, dirige nuestra mirada, determina el punto de atención, se auto-autoriza y legitima para apuntar cuál es la “opinión pública” en función de “los hechos”(pone los límites, determina sentido y dirección) y así escribe la historia oficial. Gambaro llama la atención sobre la manera en que la percepción del público está dirigida y controlada por los que tienen el poder y señala la manera en que el público -dentro y fuera del teatro- depende de este tipo de información nada confiable.

La sociedad parece a la vez tranquila y violenta, pero sin lugar a dudas es frígida, y una sociedad insensibilizada es mucho más dócil y manejable. Gambaro busca sacar a la sociedad de su frigidez, convertir al espectador en parte de un público activo y crítico, que dejaría de aceptar las «explicaciones» espurias destinadas a su pacificación, silenciando así, las justificaciones destructivas que refuerzan el régimen represivo (las del “no te metás”).

Todos los hechos que nos informan y representan están envueltos en teatralidad y artificio; ese disfraz burdo, sirve, en primer lugar, para que trascienda el hecho en sí, intacto en su sentido y además, hace digerible el horror. De este modo, hace participe al público en algo que de otra manera le produciría rechazo. Gambaro quiere despertarnos y desanestesiarnos casi por impacto con el hecho estético. La tercera utilidad de este modo de distanciamiento, de exagerada teatralidad y artificiosidad, es que invita a reconocer la mezcla ficción/realidad de las escenas representadas y por tanto, queda insinuado que en la realidad “presuntamente” extrateatral, también podemos reconocer métodos teatrales. Por esa razón, la autora atrapa nuestra atención con el hecho estético. La información está fragmentada (limitada) y explicada (subjetivada) por el poder (mediatizada). Y en contraste, frente a las figuras del poder, tenemos la figura del muñeco, como caricatura del humano, que es una constante del grotesco, símbolo de la debilidad, de la ausencia de auténtico ser, la incongruencia entre lo que se dice del hombre y lo que éste es en realidad. Como sucede en el esperpento de Valle Inclán, es del distanciamiento de lo que depende la visión grotesca: una combinación de lo vejatorio y lo ridículo que se resuelve en extrañamiento. Si la teatralidad es característica esencial del esperpento, en el texto de Gambaro es el núcleo mismo de la obra, tanto en su forma como en su contenido temático. El drama es espectáculo y el desarrollo de la acción en el escenario trae consigo el desenmascaramiento de las apariencias.

Al hablar de teatro dentro del teatro, también quiero hacer referencia a que todo lo que sucede en la obra, sucede con suma teatralidad y artificio. Es una especie de método extensible a la realidad, para reconocer el engaño que disfraza la mentira en verdad. Disfrazar la realidad sólo para desnudarla La información que se proporciona a los ciudadanos no es fiable: hay que desocultar las verdades.

El propósito de Gambaro es despertar al espectador a los peligros del confinamiento intelectual y físico, prevenir contra la pasividad y ciega aceptación del sistema de poder.

Con todos estos procedimientos, Griselda Gambaro nos revela que la información de la realidad extrateatral tiene unos procedimientos teatrales inherentes. Habla de secuestros, torturas, procesos judiciales o asesinatos mediante juegos de niños, o gags cómicos de acumulación y repetición progresiva de la tradición circense, clowns o títeres de cachiporra, entre otros.

Gambaro pone al mismo nivel la información oficial (la prensa, la información para extranjeros) con la información oficialmente ficticia (los juegos de niños, la música, los fragmentos de la tradición literaria...). Representando la contradicción y la inapreciable frontera entre la verdad y la mentira, la realidad y la ficción.

La obra ofrece una diagnosis o descripción de los males que afectan a la política y a la sociedad de su tiempo. Griselda Gambaro nos abre un camino de conocimiento: la duda, el cuestionamiento de lo establecido, de lo dicho, de lo evidente... Todo esto, en un clima en el que la pasividad es cómplice y la acción se impone necesariamente. En este sentido, podemos considerar Información para extranjeros, una obra casi situacionista, pues el texto representa dramáticamente la tesis de Debord, según la cual, no vivimos en la sociedad de la información sino en la del secreto, o ¿acaso sabemos algo de lo que realmente importa? El poder nos proporciona información muchas veces contradictoria, casi siempre fuera de contexto, sesgada y a menudo irrelevante. Porque además, interpretamos la realidad no a través de la mirada directa sino por la representación que de ella hacen los medios que establece el poder; lo espectacular integrado de La sociedad del espectáculo:

“Quien siempre mira para saber la continuación, no actuará jamás: y ese debe ser el espectador.”

El público asiste al teatro a mirarse en un espejo, que le devuelve una imagen deformada y amplificada de los horrores y temores que le habitan.

Griselda Gambaro, en esta obra y en toda su producción, se preocupa en desenmascarar las relaciones del poder y los procedimientos del dominio político e individual.

El texto plantea una denuncia del olvido, de la pasividad, de la mentira travestida de información oficial, destacando la violencia sexista, la xenofobia y el racismo de la clase acomodada y blanca, la jerarquización social, la falta de responsabilidad individual y colectiva, el abuso del poder en todo ámbito de las relaciones humanas, la aceptación de la violencia y la humillación por el miedo. Pero Gambaro logra ir aún más allá de la denuncia, con un texto que nos conmueve y que busca ser capaz de romper nuestra inmovilidad, apremiándonos con una urgencia de responsabilidad colectiva e individual, buscando que nos afecte como personas miembros de una misma realidad y no como consumidores de noticias: espectadores de desgracias ajenas.


Natalia Arbizu
ABRIL 2007

[1] El sistema represivo y punitivo consecuencia de un orden autoritario-policial, es la prisión, como un área de la realidad cuya naturaleza y función se examina en Las Paredes (1963), El campo (1967), Decir sí (1974), Información para extranjeros (1973), Puesta en claro (1974-1975) o Antígona furiosa (1986). Hotel, hospital, peluquería, casa, pueden desempeñar la misma función que la prisión o el campo de concentración.
[2] La palabra grotesco, como nombre o sustantivo, proviene de las pinturas parietales ornamentales encontradas en grutas de Roma y otras ciudades de Italia en el siglo XV. En ellas se mezclan con gran artificiosidad figuras deformadas y extrañas de seres humanos, plantas y animales que mezclan sus rasgos de distinta naturaleza. En realidad, fue el entorno lo que les dio el nombre, quedando impregnadas de la fuerza evocadora de la gruta.

[3] La obra podría ser una metonimia de la casa como nación. Lo mismo ocurre con El matadero de Estaban Echeverría, en la que ese matadero sería la representación de Argentina, es decir, Argentina como matadero.

Argentina Por qué en Pakistan hay niños que se llaman Fidel, Celia, Ernesto o Camilo

Pascual Serrano

Testimoniar el papel de la sanidad cubana en Pakistán tras el desastre de un terremoto de 7’6 grados en la escala Richter podía caer en dos deficiencias. Una, fundamentarse en la enumeración de cifras y datos que convirtieran el relato en un aburrido informe estadístico. La segunda, en hacer todo lo contrario, dejarse llevar por la emotividad y dejar el texto en una oda a la solidaridad sin aportar la información necesaria que sirviera al lector para valorar por sí mismo la envergadura de lo que estaba sucediendo.
Félix López ha logrado situarse en la equidistancia de ambas situaciones logrando así la obra ideal. Consigue que conozcamos la información necesaria que requiere un ensayo riguroso, al tiempo que aporta el sentimiento que sólo desde el corazón de un hombre sensible permite transmitirnos la emoción de lo que el denomina con buen criterio “el más poderoso ejército de la tierra”.
Gracias a ello, podemos conocer la historia de Henry Revee, que da nombre a este contingente internacional sanitario en Pakistán, y saber que este “ejército” ha creado en ese país 32 hospitales de campaña integrados por 2.500 médicos, paramédicos, técnicos y rehabilitadores cubanos que el 24 de febrero de 2006 llevaban realizadas 10.920 operaciones quirúrgicas y un millón de asistencias. Y al mismo tiempo, “escuchar” la voz de los hombres, mujeres y niños que han encontrado en esa titánica cruzada aliento y asistencia a su tragedia, y recoger el testimonio de algunos de esos 70.000 “soldados” cubanos que, entre 1963 y 2004, ya han “invadido” 70 países necesitados de asistencia médica.
Por casualidades del destino, el mismo día que leí “Resurrección en el Himalaya”, el 17 de marzo, encuentro en la prensa la noticia de la renovada Estrategia Nacional de Estados Unidos. En ella, el gobierno Bush, una vez más, apuesta por su política de guerra preventiva. En ella, donde Cuba ve poblaciones necesitadas de asistencia sanitaria, el gobierno de Estados Unidos ve amenazas terroristas. “América está en guerra”, reza la primera línea del documento de 49 páginas, y desgrana los países a los que amenaza con atacar: Siria, Irán, Corea del Norte, Cuba, Bielorrusia, Birmania, Venezuela o Zimbaue.
Uno no puede evitar pensar qué diferente sería el mundo, si el ejército, el dinero y el poder de Estados Unidos sirviese a la misma causa que el cubano. Y quizás para que no lo hagamos, los grandes medios de comunicación del mundo han desplegado una cortina de silencio sobre ese combate de Cuba contra el sufrimiento y la enfermedad en todo el mundo. Por eso resultan tan ridículos cuando en el semanal del diario español El País del 4 de septiembre dedican cuatro páginas a color, con nueve fotos también a color, al caso de una niña de Ghana que será llevada a España para ser operada de cataratas. Ese día Cuba llevaba operados totalmente gratis 79.000 enfermos oftalmológicos venezolanos que llegarían a ser 150.000 a final del año. A ellos había que sumarle otros 4.212 pacientes procedentes de otros países del Caribe, entre el 30 de junio y el 20 de septiembre. Nunca hubo una línea para informar de ello en la gran prensa.
También cuando leo en esta obra el trabajo de los médicos cubanos en las aldeas limítrofes del lago Atitlán, en Guatemala, tras el paso del huracán Mitch, recuerdo que la presencia de los países ricos en esa región eran los turistas que regateaban el precio de las artesanías a los niños de los puestos de venta callejeros. O la labor de la que fui testigo de las ONG´s sanitarias europeas en El Salvador durante la guerra civil a principios de los noventa. Se limitaba a un vehículo todoterreno que cada dos semanas llegaba a las comunidades y dejaba tres cajas de medicamentos: una de antipiréticos, otra de antibióticos y otra de antiparasitarios, los médicos apenas bajaban del automóvil.
Y es que es necesario comparar esos dos modelos de acercamiento a los pueblos que sufren la enfermedad y la pobreza. Y preguntarse, como hace Félix López, por qué nunca fueron a Pakistán a rescatar a las personas atrapadas entre las ruinas, ninguno de los helicópteros que la OTAN tenía en Afganistán, tan ocupados en bombardear a la población de ese país.
Por eso, en Pakistán ahora hay niños que se llaman Fidel, Celia, Ernesto o Camilo, que cantan Guantanamera y reciben con un ¡Bienvenidos!, en español.
Por eso Bush no quiso nunca que los médicos cubanos fueran a Nueva Orleáns.
www.pascualserrano.net
"Resurrección en el Himalaya. Testimonio del ejército más poderoso de la Tierra". Felix López. Oficina de publicaciones del Consejo de Estado. La Habana

22.4.07

Carlos Quijano: una vida en el siglo

Omar Prego Gadea
Fundación Lolia Rubial
La de Carlos Quijano (1900-1984) fue auténticamente una vida en el siglo y su pensamiento el que, acaso con mayor hondura, marcó al menos a tres generaciones en este Uruguay que tanto lo desvelara y cuyos avatares siguió (y hasta profetizó, en la medida en que es profetizable la historia), lúcidamente, muchas veces solo y a contracorriente. Puede afirmarse que nada de importancia acaeció en Uruguay en los años que corren entre 1917 y 1984 que no tuviera en Quijano un testigo insobornable, cuando no un actor visceralmente comprometido.
Fue capaz, como pocos, de atisbar tempranamente los lejanos estremecimientos de la tempestad (cultural, económica, política) que empezaba a cernirse en el horizonte, cuando la clase dirigente, tras los fastos de los dos centenarios, dormía su "siesta feliz", confiada en la eterna bienaventuranza de aquella "Suiza de América", de aquel remanso de paz en un continente azotado por los malos vientos de la miseria, el analfabetismo, las pestes y las dictaduras.
Esa vocación revisionista funcionó así desde su impetuosa adolescencia, signada por las luchas estudiantiles de la Reforma Universitaria, hasta su muerte en el exilio mexicano, dispuesto ya a emprender el regreso y a reanudar la lucha desde adentro, desde su tribuna por excelencia, Marcha. ("La muerte siempre gana", había premonitoriamente titulado uno de sus editoriales).
Nacido con el siglo, Quijano vivió apasionadamente su estremecida peripecia, los ojos puestos sobre todo en su país, la "patria chica", entrañable, pero también en América Latina, esa patria grande a la que, inevitablemente, habría de arribarse un día a pesar de los innumerables escollos, de las inevitables traiciones y renuncias.
Fue fundador en 1917 del Centro de Estudios Ariel, de proclamada raíz rodoniana, militante en las encendidas luchas universitarias que por ese entonces sacudían al Uruguay y a la Argentina: abogado a los 23 años tras un curso brillante que le valió la Medalla de Oro de la Facultad de Derecho, profesor de Literatura en Enseñanza Secundaria entre 1918 y 1923 y desde 1924 "peregrino alucinado" en esa Europa de la primera posguerra.
La obra de Quijano, ha dicho Arturo Ardao, "excede con amplitud al conjunto, por sí mismo amplísimo, de los escritos salidos de su pluma", al tiempo que señala lo difícil que resulta establecerla en todos sus aspectos. Es que Quijano fue, en efecto, uno de esos hombres que requieren instrumentos idóneos para el cumplimiento de sus altos fines. Así, creó en Montevideo, en París y en México, instituciones culturales: el ya mencionado Centro de Estudios Ariel, en Montevideo; la Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos (AGELA), en París, en 1924, poco después de su llegada; la Agrupación Nacionalista Demócrata Social, en 1928. Fue asimismo diputado entre 1928 y 1931, y sobre todo fundador de un diario, El Nacional (1930), del semanario Acción (1932) y de Marcha (1939).
Los cuatro años de París suponen una línea de partición de aguas. Aquellos fueron tiempos de afiebrada actividad (política, estudiantil, periodística), de reafirmación de convicciones en muchos terrenos, de revisión y apertura en otros. París fue, en primer lugar, el encuentro con los compañeros de generación provenientes de toda América Latina: Haya de la Torre (a quien había conocido en Montevideo y de quien se alejará bien pronto), el cubano Julio Antonio Mella, el mexicano Carlos Pellicer, el guatemalteco Miguel Angel Asturias, Toño Salazar, de El Salvador y el nicaragüense León de Bayle.
Durante ese período, Quijano dedicó una parte sustancial de su tiempo a los estudios económicos (que de ahí en más teñirían su pensamiento), al conocimiento de Marx. Pero en la hora de las definiciones, como lo señala Ardao, optó por el nacionalismo contra el internacionalismo, como "encauzamiento aconsejable" en América Latina. La elección no fue fácil: "Me ha costado cuatro años, los cuatro años de Europa, de desgarramientos, de dudas, de observación, pero al fin creo que he encontrado mi "verdad", y que ella ha de servir para que encontremos "nuestra verdad", la verdad de toda la generación a la que pertenecemos [...] creo que nuestra fórmula de acción debe estar en tres palabras: nacionalismo, socialismo y democracia". 1
En cierta ocasión, en un editorial escrito precisamente en París en 1960, Quijano repasó esos años de sueños y esperanzas, y confesó haber experimentado la tentación de la renuncia. En un emotivo pasaje, imagina un diálogo con su propia sombra, con aquel joven de los años veinte: "Esa sombra está aquí, en el estrecho cuarto poblado de papeles y recuerdos, en esta minúscula, perdida y alejada isla, en esta fecunda y lacerante soledad. [...] A miles de kilómetros está mi tierra. Hacia ella miraba, cuando, joven, aquí me corroían la nostalgia, el ardor. Hacia ella miro, ahora, desde este París que una vez quise no abandonar y sobre el que ha caído la noche". 2
En París, Quijano completará una rigurosa formación económica, revisará parte de las convicciones, devociones o certidumbres que llevaba en sus maletas al embarcar. Muchas de esas "ideas fuerza", sin embargo, se afianzarán, serán afinadas. En un editorial escrito muy poco antes de su partida, hizo algo así como una profesión de fe personal y un programa de las tareas que aguardaban a la Nueva Generación, la suya: "Repudio del positivismo y orientación filosófica idealista, y además socialismo exento de todo dogmatismo sectario, nacionalismo antiarmamentista, liberalismo democrático. Por último: hispanoamericanismo como postulado básico en materia internacional o como instrumento eficaz de redención social, difusión de la cultura, he aquí los elementos comunes, principios y medios del movimiento. Puede que todavía, alrededor de las tres ideas nucleares (nacionalismo, liberalismo y socialismo) no se hayan podido consolidar mucho los conceptos; pero lo que es evidente [...] es que una renovación ideológica de trascendencia se está produciendo y que la nueva generación, colocada por mandato del tiempo en las izquierdas, está buscando superar el contenido, ya envejecido entre moldes rígidos, del marxismo, y dotar, lo que es más importante, a América, de una ideología nueva, que no sufra la deprimente y extraña tutela europea". 3
Uno de los temas cuyos fundamentos políticos e históricos serán analizados a la luz de una argumentación siempre fervorosa, pero sobre todo economicista, será el del imperialismo. En agosto de 1925, Quijano participa en París de una acto de solidaridad con el presidente de México, Calles, por ese entonces enzarzado en un duro enfrentamiento con Estados Unidos. En su discurso, sostendrá que "el conflicto actual entre México y EE.UU. no es sólo un episodio más de la lucha entre el imperialismo yanqui y América Latina [...] -Es también un episodio de la lucha entre dos concepciones económicas diferentes. Combatir al lado de México, es combatir por la revolución contra el capitalismo [...] El imperialismo yanqui es una cuestión económica, un sistema económico; el latinoamericanismo debe serlo también; pero un sistema opuesto al yanqui". 4
El tema ocupará buena parte de su correspondencia, de sus notas periodísticas. Fruto de esas reflexiones será su primer libro Nicaragua: Ensayo sobre el imperialismo de los Estados Unidos. 5
Otro de los temas acuciantes (y no sólo de este período "parisiense", ya que su íntima discusión se prolongará hasta mucho más tarde) es el de la revisión de su fervor rodoniano: "Todos estos procesos que Quijano vivió tan intensamente durante su experiencia europea no podían sino cuestionar y desafiar al menos ciertos componentes de su anterior fervor rodoniano", entienden Caetano y Rilla. 6 Según este punto de vista, las bases centrales del idealismo de filiación arielista estaban estrechamente vinculadas al desinterés. Actitud que, piensan, no podía compadecerse con las exigencias de su forja ideológica, "mucho más proclive a un compromiso de neto cuño político y por ello más realista en sus aspiraciones. [...] Su renovada adhesión a la democracia como sistema, su apertura al socialismo, su antiimperialismo mucho más concreto y militante, y sobre todo, el carácter de su nueva conciencia latinoamericana, constituían todos factores que tendían a debilitar en Quijano las resonancias de la filosofía del "Maestro", contribuyendo así a un planteo revisionista que era, al mismo tiempo, el punto de partida de un nuevo marco de pensamiento". 7
Quijano hará públicas estas objeciones en 1927, poco antes de su regreso al Uruguay, en una Carta a un lector (El País de Montevideo 26/9/27), incluida en este volumen. Allí, entre otras cosas, escribió lo siguiente: "... para cerrar esta serie de cartas, nada mejor que hacer conocer a Ud. las impresiones que una reciente lectura de un viejo libro nos ha producido: la lectura de "Ariel" que durante estos años de Europa no habíamos vuelto a abrir. Por extraña coincidencia, el libro cayó en nuestras manos en un ambiente que contribuía a dar a su lectura cierto carácter simbólico. Estábamos trabajando [...] empeñados en conocer las vicisitudes de la política de Estados Unidos en Panamá, cuando buscando unos libros, tropezamos con el de Rodó. Nos pareció bien releerlo. [...] ¿Será necesario decir a Ud. que nuestro respeto y nuestra admiración por Rodó no son menores ahora que antes? Y, sin embargo, ¡cuántas objeciones a su "sistema" esta nueva lectura nos ha hecho aparecer!"
Creemos que vale la pena detenerse aquí, para profundizar en esta inflexión (política, histórica, filosófica incluso) del pensamiento de Quijano. En esa misma carta, Quijano escribe que "... en un continente que todavía no ha sabido ganarse su pan, Rodó predica la educación autiutilitaria, el culto de la belleza; en un continente enfermo de "dilettantismo", la cultura integral; en un continente enfermo de idealismo y de pereza, el "ocio noble", la despreocupación del presente; en un continente idolátrico y atrasado, en marcha todavía detrás del "hombre", el culto del héroe; y en un continente que no sabe lo que es la democracia y que menos lo sabía en la época de la aparición de "Ariel", cuando las oligarquías y las dictaduras se expandían de Norte a Sur, se lanza a combatir los presuntos y en todo caso lejanos peligros de aquel régimen. Lo repetimos, nosotros no discutimos a fondo la tesis de Rodó. Discutimos su oportunidad libresca, pero no la observancia de la realidad [...] En América no habrá ni cultura, ni arte, ni ciencias propias, ni organización política estable, mientras no hayamos resuelto nuestra independencia económica, mientras no adquiramos la disciplina del trabajo; mientras no seamos fuertes y ricos, es decir, mientras nosotros no explotemos nuestras propias riquezas. En alguna parte perdida de su libro, Rodó debe reconocerlo. Lo malo es que no saque las conclusiones que se imponen".
Caetano y Rilla piensan que "Las diferencias se expresaban muy nítidamente en el cotejo entre la nueva conciencia latinoamericana que Quijano había adquirido en sus "años europeos", y aquel americanismo algo difuso, de cuño moral y cultural, que defendiera desde las filas del Centro Ariel y desde la redacción de su revista, antes de su partida a París". 8
Arturo Ardao, en cambio, entiende que esa "revisión" del espíritu arielista fue matizada. Reconoce que "a la primeriza conciencia antimperialista, tal como emergía de las páginas de Ariel y perduraba de algún modo en el propio Ingenieros [...] aportaron a Quijano los años de París el sólido fundamento económico, entendido como científico, de que hasta entonces había carecido. Pero no sólo en esta dirección, sino en todas las demás de su pensamiento político, el economismo [...] pasa a primer plano, como dominante inspiración del realismo a que se inclina cada vez más".
Quijano —destaca Ardao— sin dejar de profundizar en las décadas posteriores a 1930 (que él llama sus "décadas de Maestro") el realismo de cuño económico que fue la culminación intelectual de sus años de París, desplegó su magisterio económico y político, social y cultural, conforme a la norma eminente de Próspero: "Que los diarios afanes por la utilidad cedan transitoriamente su imperio a una mirada noble y serena tendida de lo alto de la razón sobre las cosas. [...] no tratéis, pues, de justificar, por la absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu".
En definitiva, en el pensamiento de Quijano gravitan de manera muy importante "Rodó y Vaz Ferreira al fondo, Marx más acá, asumidos todos ellos del modo más libre o menos dogmático, como lo quería el Gorgias de la parábola y el psico-lógico de la "lógica viva"; así asumidos, para la definición de un pensamiento tan incitante y original como su acción y su personalidad". En la evolución de la inteligencia uruguaya —concluye— Quijano es el sucesor del magisterio de Rodó y Vaz Ferreira: "Por debajo de los obligados ajustes y reajustes impuestos por las épocas, al par que por la vocación y el carácter —incoercibles electores en cada paso del propio terreno y de la propia manera— la gran trilogía de maestros uruguayos del siglo XX se integra y se potencia sin contradicción ni ruptura". 9
El magisterio de Quijano está vinculado de manera estrecha, indisoluble, a la tarea periodística, rastreable ya en el diario El Nacional, en el semanario Acción, que deja de aparecer en 1938, pero sobre todo a partir de la aparición de Marcha. Y es que Marcha no fue solamente el medio que utilizó Quijano para expresar su pensamiento; Marcha fue un instrumento idóneo para indagar acerca de la crisis que padecía el país, en torno a su fácil optimismo, a sus hipocresías, para aventar sus cómodas certidumbres. También para expresar sus angustias respecto al futuro del Uruguay (la patria chica) y de América Latina (la patria grande). A través de Marcha, desde Marcha, se expresaron al menos tres generaciones, esas que Angel Rama incluye en el abarcador título de su libro La generación crítica (1939-1963), y que reconocieron a Quijano como a su Maestro.
Quijano, entonces, fue esencialmente un periodista, alguien tironeado por el diario acontecer, por el fragor de una realidad acuciante, enmascarada, cuyo auténtico rostro es necesario develar. El suyo fue "un estilo expositivo sin par entre nosotros, "periodístico" por estricto ajuste funcional pero "ensayístico", en su médula, por la libertad, la invención y el acento personal que lo norman y "literario" al fin, por su sostenido nivel de excelencia. Un estilo inconfundible es, en el que se inscriben variadamente el fervor y el humor, el sarcasmo, la ironía y una ocasional demoledora agresividad, la autoridad natural del que sabe bien de lo que habla, el manejo ejemplar de dichos, adagios, refranes y una siempre imprevisible imaginación tituladora" 10
Podría agregarse que muchos de los mejores artículos de Quijano, en particular numerosas necrológicas u oraciones fúnebres, fueron escritos al pie de la rotativa, en lucha contra el tiempo. Una memoria privilegiada, una felicidad de escritura, un vasto conocimiento de hombres y hechos, insondables lecturas, eran la clave de esa (aparente) espontaneidad.
Hombre de Marcha, Maestro de generaciones, con su divisa marinera que, de alguna manera, resumirá y asumirá el sentido de su vida: Navigare necesse Vivere non necesse. Marcha fue un instrumento, dijimos, pero extremadamente afinando; también un atalaya y un ámbito privilegiado, dentro del cual Quijano luchó y (puede decirse con entera verdad) murió. "Nuestra lucha se da en Marcha y desde Marcha", escribió en un editorial.
En 1974 Marcha fue definitivamente clausurada por la dictadura y Quijano debió abandonar el país en dramáticas circunstancias.
Convendría detenerse, aunque sólo sea brevemente, en la extrema acuidad de la mirada con la que Quijano desveló una realidad travestida, llegó a las zonas más íntimas de una país que, con falsos pudores, trataba de ocultar sus males y seguir viviendo en una artificiosa bonanza. Y ello desde una fecha que puede situarse alrededor de 1930. Y es que, si se mira bien —insistimos— es prácticamente imposible discernir la vida de Quijano del tormentoso y por momentos dramático destino del país: tras los fastos de los centenarios en 1929, seguida casi en seguida por la crisis mundial, por la proliferación de dictaduras militares en América Latina (al Uruguay esa peste llegará en 1933), por el estancamiento e incluso el retroceso del país.
"País de estancieros y de empleados públicos [...] El campo es la estancia, el latifundio, el patrón un si es no es paternal que se considera distinto y superior a sus peones, a quienes maneja a su antojo y que hace de ellos carne de aventuras o fuerza electoral. [...] La jubilación y la "casita"; he ahí la única meta de miles y miles de nuestros ciudadanos. [...] Se acorta el horizonte, así; pero al mismo tiempo se crea una clase media estable, cómoda y poco dada a la aventura. (Ver el editorial Un país que se busca a sí mismo, Acción, 1/2/34, Mensajes)
"Quijano, crisis del país, conciencia de la crisis, aparecen como términos indisolubles de una ecuación muy uruguaya que conviene rescatar en sus perfiles más notorios. [...] En tren de simplificar, puede afirmarse que [Quijano] representó la conciencia de un cambio, de un momento decisivo en el que el país y el mundo jugaban su destino, la afligente, lúcida y casi solitaria convicción de estar parado en el cruce de caminos, la necesidad de someter a la duda todas las certezas complacientes y de levantar propuestas sobre las bases más sólidas". 11
La argumentación de Quijano apunta, sobre todo, a destruir una serie de lugares comunes, de frases hechas, detrás de los cuales se agazapan la pereza mental, cuando no la estulticia, el optimismo "panglosiano" de gobierno y oposición, la frivolidad de una clase política que se negaba a enfrentar los verdaderos problemas del país. Claro que Quijano no se limita (ni siquiera le concede una prioridad) a criticar el sistema político uruguayo, su "política del avestruz", su ceguera: para él, la crisis uruguaya proviene sobre todo del agotamiento de un modelo. Hecho éste que nadie quería admitir.
Ataca asimismo la desenfrenada burocratización, el clientelismo, la improvisación, la postergación de los grandes intereses nacionales fustiga el engolado discurso oficial, pero también el no menos vacuo de unos opositores siempre dispuestos a acortar distancias a cambio de prebendas. "Hay que rascar hasta el hueso", repetirá.
Con Quijano, entienden Caetano y Rilla, surge en el Uruguay un nuevo tipo de intelectual, "agrio, criticón, orgullosamente desvinculado del amparo oficial y sin mayor mecenazgo que el de sus pares". 12 Tono éste (o impronta) que marcaría a fuego a los jóvenes congregados en torno a Marcha a partir de los años 40, quienes trasladarían a sus áreas propias (literatura, plástica, teatro, música) esa visión corrosiva ("lúcida" es la palabra clave) del Maestro.
En muchos artículos, algunos temas se hacen presentes de manera casi obsesiva: el de la soledad, el la fidelidad a los principios, a los fervores juveniles. Quijano fue un "profeta del desencanto" se ha dicho. En cierto modo, lo fue, a pesar de que sus análisis iban, a menudo, acompañados de propuestas alternativas, ya que no de fórmulas "milagrosas" (su prédica negó siempre ese facilismo de un Paraíso a la vuelta de la esquina), de caminos posibles en la medida en que se abandonara la pereza intelectual y la esperanza en una curación a base de "cataplasmas".
Los editoriales y notas incluidos en "Cultura. Personalidades. Mensajes." Vol. VI, abarcan un período que va del año 1919 (Los restos de Rodó, Revista "Ariel") hasta 1983 (Derrotas que serán efímeras. Cuadernos de Marcha, Tercera época, N°1). Los recopiladores acordamos dividir el material en tres grandes grupos: Cultura, Personalidades, Mensajes. (El título de este último apartado nos fue sugerido por Arturo Ardao). Nos consta que la selección pudo ser más amplia, pero creemos que el material escogido es representativo de los intereses e inquietudes del Quijano juvenil y del Quijano ya maduro, el que empieza a escribir alrededor de los años treinta.
Aparte una o dos notas (el reportaje a Unamuno en el París de los años 20), los temas dominantes del apartado Cultura son el de la Nueva Generación (la suya), su tarea y su destino, y el de la Enseñanza como un todo, en función de las necesidades y carencias del país. El tema de la Nueva Generación, surge primero como evocación misionera de un trabajo, como repaso (melancólico) después. Son ejemplares los editoriales La nueva generación, escrito en 1924, y Mensaje de Navidad, que es de 1960.
El de la Enseñanza, cuya inadaptación a las necesidades del país es tempranamente subrayada y analizada, mereció una serie de editoriales, entre ellos uno particularmente lúcido. (El mundo es una gota de agua). En esa serie, Quijano analiza los fines de la enseñanza, la aparente oposición entre Ciencia y Tecnología por un lado y Humanidades por otro, preguntándose si la querella encubría (encubre) una falsa oposición. Y concluye con esta grave interrogante: "¿De qué valdría la autonomía, puramente formal, por otra parte, en un país sometido al extranjero, en un país que tiene necesidad, o cree tenerla, de recurrir a la asistencia técnica de los ajenos para resolver sus problemas y dar consuelo a sus cuitas?"
En el último editorial dedicado al tema (Cara al desafío), sostiene que la democratización de la enseñanza se ha detenido en los umbrales, que está esclerosada, que es una inversión, no un consumo y que existe un divorcio entre "la vida y la escuela". En conclusión, piensa que no habrá una reforma sustancial de la enseñanza sin una reforma en profundidad del país y sus estructuras. "Unamos el destino de la enseñanza al destino del país. Situemos a aquella, bien hondas las raíces, en la dramática realidad nacional".
Quijano fue asimismo un Maestro en la necrológica, un género al parecer "insanablemente rutinarizado", como dice Real de Azúa, atiborrado de lugares comunes, previsible, casi siempre engolado. Algunas de las piezas escogidas para este capítulo, el de Personalidades, son memorables. Baste mencionar las dedicadas a Luis Alberto de Herrera, Juan Andrés Ramírez, Luis Batlle, Frugoni, en lo nacional; y de Gaulle o Kennedy en el ámbito internacional.
En ellas, Quijano fue capaz de apresar en una frase, en un giro a veces, aquello de secreto y entrañable que lleva consigo cada ser humano, más allá de las contingencias, de las horas fastas o funestas de una existencia. Con una agudeza sorprendente (y con un conocimiento de causa admirable) Quijano supo captar aquellos rasgos que definen a un personaje, ciertas insistentes fidelidades a causas o ideas que no tenían por qué ser las suyas, más allá de distanciamientos y de largos silencios.
En casi todas ellas, lo que importa es eso que Real de Azúa llamó "la melancolía de las posibilidades individuales nunca alumbradas, su conciencia de un "patrimonio humano" nacional por encima de diferencias y de bandos, filiaciones e ideologías y (aún), penumbrosos entresijos de su propia intimidad".
El de la fidelidad sin fallas a ciertos principios juveniles es un tema que vuelve una y otra vez, con sus graves acentos. En un nota acerca de Washington Beltrán, escrita en 1932, aparece ya ese motivo: "Buscó su verdad, a ella permaneció fiel, por ella conoció la pobreza y la lucha, por ella dio, generosamente, su vida".
Ese tema suele unirse a otro, muy frecuente en estas notas: el del silencio en la (aparente) derrota, el de la grandeza para aceptar el olvido, el ostracismo o la muerte. Tal el artículo dedicado a Eduardo Acevedo Díaz a propósito de la publicación de un libro: "Durante largos años, casi veinte —de 1903 al 21— Acevedo Díaz calló. Entre su expatriación y su muerte, el silencio. Y después de muerto, siempre el silencio, porque como ahora nos lo revela o confirma su hijo, no dejó nada escrito. [...] Ni explicaciones ni justificaciones".
El mismo tema, con algunos matices, reaparece en la necrológica dedicada a Lorenzo Carnelli:, "...fue una extraña figura y tuvo también un destino melancólico y extraño". Quijano piensa que así como Argentina es una país de suicidas (políticos), Uruguay lo es de desterrados: "Carnelli fue un desterrado, perseguido por la calumnia, que marchó al encuentro de la soledad, impulsado por su propia rebeldía".
En ambos artículos están presentes los temas ya mencionados: el retiro o el ostracismo, la soledad, la derrota, la fidelidad a un rumbo. Habría que mencionar, por último, su inclinación a hacer las veces de un "Plutarco criollo", de enfrentar a dos personajes en una suerte de Vidas Paralelas. En ese sentido, descolla su oposición de Juan Andrés Ramírez con Luis Alberto de Herrera.
El tercer apartado recoge una serie de editoriales que aquí se publican bajo el título Mensajes. Salvo el primero de ellos, que remonta a 1934, los restantes fueron escritos en los tumultuosos años sesenta. El tema dominante, prácticamente del primero al último, es el destino del país. "El Uruguay es lo que es. Los uruguayos somos lo que somos, porque el pasado, dominado por la geografía, fue lo que fue". En suma, un país, como un hombre, es él y su circunstancia.
En los editoriales de los años sesenta es rastreable una modificación del tono, del estilo: se ha hecho más fervoroso, menos académico. Por momentos es irónico, y siempre es cálido, confidencial. Pocas veces ese estilo se hizo agresivo, y cuando así ocurrió, Quijano siempre supo arreglárselas para no incurrir en el agravio. Llegado el caso, prefirió el desdén, el humor.
Pero más allá y por encima, está su acuciosa búsqueda de eso que él llamó "el país real". Antes de la acción, dice, hay que hacer una análisis previo. El país, sostiene, ha perdido "la facultad de pensar". Carece de mitos vitales, de principios, ignora sus posibilidades y limitaciones, no tiene conciencia de su destino, colectivo y trascendente; la tarea primordial consiste en crearle esos mitos, en ayudarlo a encontrar "ese su destino".
De esta serie, acaso el más representativo sea el titulado Atados al mástil (Marcha, 26/6/64), que es a la vez una reflexión en torno a la crisis del Uruguay y un repaso de esos 25 años en los que vivió "atado al mástil" de Marcha. Allí Quijano recurre una vez más a una imagen marinera para sugerirnos el sentido de su lucha, librada desde el puente del semanario, "planteando los problemas sin la mira puesta en los hombres que tienen la responsabilidad de resolverlos".
En el último editorial dedicado al tema (Los mitos y los hechos) Quijano piensa que el país debe comprender que es débil y pequeño; que está en un continente enfeudado; que el peligro y la amenaza rondan sus fronteras; que las nuevas técnicas, lanzadas ya a la conquista del espacio y de otros mundos, llevan camino de trastornar toda la escala de valores; que la victoria será de los más eficientes y lo más capaces; que en la insularidad no encontrará refugio; que el pasado no vuelve, que sus mitos están muertos y no le sirven ya, ni de arma ni de escudo. Y, por último, nos advierte que sólo se vive cuando se vive peligrosamente y que nuestra gran aventura "es la de recrear el país y crear la gran patria o las grandes patrias americanas".
Quijano fue a menudo acusado de practicar un pesimismo enfermizo, de estar sólo capacitado para la demolición, y de haber contribuido a la formación de una o dos generaciones de desencantados, de escépticos, de hipercríticos. La verdad es mucho más matizada, más compleja que esta simplificación.
"Hay quienes piensan que la obligación del director de opinión pública es la constante sugestión de arbitrios, remedios, recetas, fórmulas "para ir tirando". Olvidan (entre muchísimas otras cosas) que puede existir la conciencia de un deber antagónico: el de aventar ilusiones, el de desarmar errores mil veces reiterados, mutuamente sostenidos y reforzados, el de tajar toda maraña viciosa, el de dejar que el curso de las cosas siga hasta el final la pura dialéctica de su nocividad y todo ir sea un ir hasta el fondo de los males para que los males tengan remedio, para que, en último término, en la intemperie dura, tónica, la tarea de una pueblo pueda reiniciarse en toda su ambición y desde el limpio principio". 13
El malentendido viene de lejos. Contra lo que Quijano luchó, desde sus años juveniles, fue precisamente contra el facilismo, contra el panglosiano optimismo, contra la arraigada creencia de que todo, o casi, está al alcance de la mano y que sólo basta estirar el brazo para recoger el fruto; contra "los vendedores de baratijas" y los mercaderes de ilusiones. Pocas veces propuso soluciones puntuales. Como el Gorgias de la parábola rodoniana, Quijano estaba dispuesto a brindar "por quien me venza con honor en vosotros". La suya jamás fue una prédica dogmática, sino libre y abierta. En el ya citado editorial Atados al mástil escribió: "No hay retornos, decíamos en el comienzo de este largo autoexamen. Sí, los hay. Y no dejan de ser conmovedores. Porque después de haber andado tanto, debemos reconocer que hemos vuelto, sin quererlo ni buscarlo, a los mentores de nuestra adolescencia. A Rodó que nos enseñó a reverenciar a los que nos vencerán con honor en los otros. A Vaz Ferreira que nos enseñó a desconfiar del espíritu de sistema y de las verdades acuñadas".
Y esto, tan revelador: "El fin de la economía es el hombre. Su libertad, su dignidad, su poder creador".
1 Cuadernos de MARCHA, Tercera época, Montevideo, junio de 1987, N° 20, p. 3. Citado por Arturo Ardao en su Introducción al tomo I de las obras de Carlos Quijano, Montevideo, Ed. de la Cámara de Representantes, 1989.
2 "Mensaje de Navidad", MARCHA, 30/12/60.
3 "La nueva generación", El País, Montevideo, 11/2/1924, p. 3, recogido en esta recopilación. El artículo fue publicado parcialmente en el libro El joven Quijano, de Gerardo Caetano y José Pedro Rilla, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1986, y citado por Arturo Ardao, op.cit., p. XXXIV, XXXV.
4 G. Caetano y J.P. Rilla, op. cit. p. 51. El artículo fue publicado en el diario El País, de Montevideo, en dos ediciones consecutivas (12 y 13/8/1925, p. 3), bajo el título "¿Existe un imperialismo yanqui?"
5 Carlos Quijano, Nicaragua: Ensayo sobre el imperialismo de los Estados Unidos, 1927. Existe una edición de la Cámara de Representantes, Montevideo, 1989, con prólogos de Arturo Ardao y Pablo González Casanova.
6 G. Caetano y J.P. Rilla, op. cit. p. 57.
7 Ibidem, p. 58.
8 Ibidem, p. 60.
9 Arturo Ardao, op.cit. p. XLV.
10 Carlos Real de Azúa, prólogo a la Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo, Tomo II, Publicaciones de la Universidad de la República, Montevideo, 1964, p. 319.

11 G. Caetano y J.P. Rilla, op. cit. p. 225.
12 Ibidem p. 226.
13 Carlos Real de Azúa, op. cit. p. 326.
Este texto corresponde al prólogo de: "Cultura. Personalidades. Mensajes." Vol. VI, recopilación por Omar Prego, Gerardo Caetano y José Rilla (Mdeo., Ediciones de la Banda Oriental, junio 1992, 375 pág.) de la obra "Carlos Quijano", editada por la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay.
Publicado en la web de la Fundación "Lolita Rubial"